Carlos González: "En verano, si los chicos no van a la escuela, no comen"
Carlos González es el "Mono relojero", conocido en varios países por documentales que retratan su obstinada filantropía. Hace 13 años viaja desde su Buenos Aires natal hasta el hambriento interior de nuestro Chaco salteño con toneladas de donaciones para las comunidades wichi. Tiene 64 años de edad y 42 años de implacable constancia en la misión de ayudar, de poner su grano de arena en el desierto, su gota en un mar de necesidades. Como tocado por una vara mágica, este hombre empezó su tarea solidaria en la peluquería para niños que tenía en Belgrano, llamada "El Mono Relojero", donde contagió las ganas de mirar las carencias de los demás. Es un solidario intrépido, un samaritano vehemente, un romántico del futuro sin hambre que no llega. Está cansado, su esposa Silvia siempre espera que vuelva con la idea de quedarse en casa, pero hasta ahora, cada fin de año debió armarle las mudas de ropa y, con un abrazo, desearle buen viaje al interior de su sueño solidario archicumplido. Dice que nunca lo recibió el gobernador de una provincia de todas las que recorrió donando. Al escucharlo rezongar las injusticias, me pareció poseído por los versos de Almafuerte: "Yo tuve mi covacha siempre abierta/ para cualquier afán, falaz o cierto;/ y tan franco, tan libre, tan abierto,/ mi hermoso corazón como mi puerta./ Yo deliré de hambre sendos días/ y no dormí de frío sendas noches,/ para salvar a Dios de los reproches/ de su hambre humana y de sus noches frías...".
¿Por qué 13 veces Salta?
Porque puedo venir las veces que quiera y sé que tengo apoyo logístico para repartir las donaciones. En otros lugares la burocracia se impone y es muy complicado reunir la donación con la persona que la necesita. Estoy cansado de la burocracia, de la gran hipocresía que hay en este país. Los gobernantes me ignoran, tal vez porque no es bueno políticamente reconocer esta red de contención de la pobreza que armamos entre los monos relojeros como yo, que hay miles, y la iglesia, las ONG. Tengo muy claro que lo que hago no es para tapa de revistas. Yo nunca hablo mal de los gobernantes en los documentales míos que han llegado a España, Holanda, Alemania, porque digo con orgullo que le hice bien a mucha gente de mi país, aunque nunca me convocó ni me invitó ningún gobernador.
¿Cómo llega hasta Santa Victoria Este?
Vengo desde San Fernando, Buenos Aires, donde vivo. Me financio solo, con aportes de amigos y de gente que me conoce y me da dinero para el viaje. Un flete con las donaciones desde Buenos Aires hasta Santa Victoria, es de más de 2.000 kilómetros y eso cuesta alrededor de 100 mil pesos. Así que ayuda siempre falta; yo dejé mi vida en esto. Imaginate que no tengo coche, vivo en la casa que era de mi padre, quien antes de morir hizo un asador y no lo pudo estrenar porque siempre se lo llenaba de cajas. Mis hijos alquilan y mi sueño es que tengan una casa propia algún día. Yo me fundí ayudando; nunca vi un Estado presente financiando el proyecto, acá los gobiernos te aprecian de la boca para afuera pero nunca con fondos, y la verdad que los monos relojeros ayudan a los gobiernos a tapar agujeros de pobreza.
¿Cuánto ha cambiado el panorama en Salta desde hace 13 años?
Vengo a Salta desde 1984. La primera vez vine al departamento San Martín porque quería ir a Santa Victoria y me quedé empantanado. Después de 13 años de visitar la zona puedo decir que si existen las ONG y los monos relojeros como yo, es porque no ha cambiado para bien la situación de la gente. En el casco urbano de Santa Victoria ahora hay luz y televisión, pero en Alto la Sierra, a 90 kilómetros o en La Junta, a 110 kilómetros, es otro mundo. Pero cada año quiero más a este lugar y a esta gente. Soy un huésped de honor en este distrito, me siento en casa. Al principio me miraban con recelo, pero ahora me saludan y siento el cariño de todos.
¿Qué trae, qué idea lo moviliza?
Yo no vengo con la consigna de que voy a salvar a la gente; tengo muy claro lo que hago: es mi gota en un mar de necesidades. Traigo ropa, calzado, juguetes, libros, medicamentos, vajilla, y algo importante, traigo tambores de PVC con tapas de 160 litros para que los aborígenes puedan almacenar agua. La gente lagrimea cuando les bajo esos tanques. Nadie se imagina lo que es vivir sin comida, sin casa, sin agua. Están muy aislados, no hay caminos, es puro polvo, tampoco hay medio de transporte, y si llueve, es un pantano. Recorro todo porque me nace. Con mucho amor he visto que se puede aliviar el dolor y la pobreza. hace 42 años que llevo una vida de gitano, solo tengo tiempo para esto.
¿Qué ve en la gente que visita?
Hay mucha desnutrición y eso duele porque pienso que los chicos ya nacen desnutridos de sus madres desnutridas. No se aplican políticas, se habla mucho y no se hace. Por ejemplo, los chicos en las vacaciones si no van a la escuela no comen. Los gobiernos tendrían que prever una red de contención para estos chicos. Mirar los ojitos de un chico al que le entregás un juguete en la mano te deja un sabor amargo, porque las necesidades de base son muchas. No estamos siendo serios como país.
¿Cuánto tiempo más se queda?
Llegué hace tres semanas, creo, es que acá pierdo la noción del tiempo. Me quedo una semana más. Me ayuda mucho en la logística el exintendente de Victoria Juan Carlos Bruno, y como se le rompió la camioneta, el intendente actual, Moisés Balderrama, me dio un vehículo con chofer y acompañante para repartir la mercadería en los tramos largos. Muy agradecido con ellos.
¿Qué se lleva de este viaje?
El respeto y el silencio de los wichi de Pozo Cercado, a más de 100 kilómetros de Santa Victoria, un paraje en medio del monte. Son 20 familias de una gran educación. Mientras les entregaba en la mano la donación, pensaba cuánto tenemos que aprender de ellos.

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