El daño social que provocó la droga en la capital ya no tiene vuelta atrás
Un informe de fuentes ligadas a la problemática de las drogas en las calles salteña reveló aspectos escandalosos de la dimensión que adquirió el flagelo solo en los últimos meses.
Muchos conocedores del tema, algunos dirigentes barriales y, sobre todo, demasiados vecinos y padres de familia aseguraron a El Tribuno que la dimensión del problema no es el mercado de las drogas ni la demanda de ellas sino errores políticos que permitieron que las calles de Salta destilen alucinógenos en su más variadas formas, todas ellas para el consumo de las masas más vulnerables de la sociedad.
Madres de los barrios Juan Manuel de Rosas y de 17 de Octubre, en el norte de la capital, cargaron culpas en contra de la inacción estatal, de la persecución de los adictos y de los pequeños vendedores y en la vista gorda para quienes verdaderamente trafican la muerte envuelta en cinta de plástico.
Un doloroso testimonio lo dio ayer una vendedora ambulante de esa barriada: "Mi hermana es ya una mujer perdida. Su adicción la llevó a abandonar a sus cuatro pequeños hijos. Hicimos de todo, incluso la enviamos al sur, ayudados por vecinos y familiares".
"No pudo soportar la abstinencia y, escándalo tras escándalo, recayó nuevamente en Salta, donde hoy encuentra droga a media cuadra, a una cuadra y media y más allá casa por casa", dijo ayer a El Tribuno la desconsolada mujer, quien agregó como dato macabro: "Fui personalmente a un juzgado en Ciudad Judicial para solicitar la guarda de los hijos de mi hermana y ¿sabe qué me dijo una magistrada?, "lo de la chica no tiene solución, vayan pensando en que más tarde o más temprano van a tener que ir a reconocer su cadáver''".
La mujer aseguró ayer que después de oír eso y de ver la calamidad que está produciendo la droga en esos barrios del norte de la capital cayó en cuenta de que ya no hay vuelta atrás y que el Estado no va a gastar en los pobres ni un centavo más.
La Laguna
Horas más tarde El Tribuno visitó villa 20 de Junio, Juanita y La Laguna, lugar donde se juntan a toda horas decenas de adictos y la misma cantidad de dealers.
Allí, en la calle Samuel Quevedo, a plena luz del día el espectáculo es dantesco.
Decenas de jóvenes, en estado de abandono y alucinando en las esquinas son la postal de una mutación humana que lastima la razón.
Pero ni siquiera hace falta una denuncia anónima, allí están a la vista transando todo tipo de sustancias y un poco más allá, en el predio llamado La Laguna, se puede ver al menos una decena de chicos debajo de las malezas, endurecidos por los efectos del paco y la pasta base.
En pocas palabras, y quizá utilizando solo un gesto, un viejo vecino, cuyo cuerpo denota el inexorable paso del tiempo, señala a un joven que monta guardia recostado sobre una pared, quien de vez en cuando transa con un automovilista o con un motociclista una escueta pero al parecer fructífera charla. "Ahí está, lo dijo sin omitir palabra". Es el código del lugar, de donde aseguran se abastece a casi toda la capital y donde llamativamente los precios de las drogas son sensiblemente inferiores.

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