Murió Lisardo, el hombre de los autitos
La avenida Bolivia, aquella que hace de frontera del barrio Vicente Solá, quedó triste, en silencio y vacía. El personaje que paseaba acarreando una hilera interminable de autitos atados a una piola ya no volverá a ser parte de la postal urbana.
Lisardo Yapura falleció el 8 de diciembre. "Es como si la Inmaculada Concepción hubiera elegido el día para que sea recordado siempre", dicen algunos vecinos. Tenía más de 60 años, aunque la gente del barrio cree que fue un niño perenne que usaba esos juguetes para escapar a las secuelas de una fuerte meningitis que sufrió cuando era pequeño.
Todo el mundo sabía que Lisardo vivía una percepción de la realidad diferente a la de cualquiera que se siente "normal". Jamás hizo daño a nadie. Tampoco entabló nunca una charla con alguien en sus horas en la calle.
Un par de artículos de la prensa fueron el desencadenante para que el "chango de los autitos" comenzara a ser un mito, un patrimonio de la ciudad. Muchos piensan que todo se descontracturaba a su paso.
El hombre solo contaba en su declaración jurada de bienes con un chaleco municipal que usaba para caminar con sus autos, una gorra, juguetes y nada más que una profunda convicción de que la realidad pasaba por otro lado.
Su recorrido iba desde su casa, en Balcarce al 2200, hasta la avenida Bolivia. Seguía hasta el supermercado de la zona y doblaba por la estación de servicio hasta la calle 20 de Febrero. Desde ahí, volvía a su casa, donde lo esperaba su hermano con comida, bebida y un techo.
Hace unos años la ronda se podía repetir hasta tres veces por jornada. Pero desde hace un tiempo la frecuencia comenzó a disminuir, al punto que los vecinos empezaron a preocuparse por la ausencia de ese personaje empapado en ternura.
Desde hace unos meses que ya nadie veía a Lisardo. Los muchachos del taller de chapa y pintura de la zona, las chicas del surtidor y los que pasaban por la autopista se preguntaban por él.
El Tribuno fue a buscarlo y pudo obtener alguna información de los hermanos que lo cuidaban. Hace unos meses Lisardo salió, como todos los días, y se encontró con un perro que lo enfrentó y lo asustó traumáticamente.
Así quedó Lisardo, amenazado por el devenir de lo imponderable, no tuvo otra que encerrarse irremediablemente en su casa, con el miedo que lo comenzó a acompañar como una sombra.
Muchos lo vieron entonces en el cordón de la vereda, sentado al lado de su tristeza, con sus autos y su camiones estacionados. Y parece ser que, en ese exilio inexorable, su salud comenzó a deteriorarse.
Hace unas semanas lo internaron de urgencia en el hospital San Bernardo por un fuerte malestar estomacal.
Le hicieron varias intervenciones quirúrgicas intestinales, mientras sus hermanos lo cuidaban permanentemente. No pudo resistir. En ese otro encierro, en el pabellón de cirugía para varones, dejó su mirada triste como último recuerdo.
Sus hermanos no querían publicar nada del tema, pero Lisardo murió en la pobreza más extrema. Nunca el Estado se hizo cargo de su discapacidad y, por eso, no tuvo la cobertura que necesitaba.
"Era muy conocido y todos lo querían. Salió en los medios de comunicación, sin embargo, ningún funcionario vino a ver cómo estaba", lamentó la hermana.
Ahora la barriada de zona norte comenzará nuevamente a adquirir ese ritmo "normal" de vida. Ya nada extraordinario sucederá. Lisardo será leyenda y se convertirá en ese recuerdo que rescatarán los abuelos para contar la historia a los nietos.
Lisardo quizás será entonces el protagonista de los sueños de algún niño. Aparecerá como ese hombre que, igual que un chico, lleva su carga sin demasiadas preocupaciones para enseñar que, arrastrando pocas cosas materiales, el camino se puede tornar más liviano.

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