“Los chicos salteños tienen naturalizado el consumo de bebidas alcohólicas”

Silvana Strazzolini se para en medio del auditorio repleto de niños que la escuchan atentamente. “Gracias por invitarnos, por participar, gracias por sus hermosas sonrisas”, inicia su alocución.

El encuentro se produjo el miércoles pasado, a las 20.30, en el colegio Santa María, y contó con la participación del terapeuta Claudio Olmos. 

“Soy la mamá de Chesky. Vamos a trabajar con ustedes primero la elección, el respeto, el ‘no’ con argumentos y fundamentos válidos”, añadió la mujer, oriunda de la provincia de Córdoba.

En 2011 ella sufrió la pérdida de su hijo Leandro Ariel Espíndola, de 22 años, padre de un niño pequeño y quien sufría problemas de adicción a las drogas. El joven tomó una drástica decisión con su vida. Su madre había intentado en reiteradas oportunidades que él se rehabilitara. Durante la lucha que ella emprendió y que aún continúa se formó como preventora en adicciones y comenzó a brindar charlas, talleres y disertaciones. Además trabaja como empleada estatal. En diálogo con El Tribuno, Silvana Strazzolini contó la historia de su hijo Chesky, explicó cómo decidió comenzar esta campaña, que realiza a pulmón, aportó su visión sobre los adolescentes salteños y detalló cuales son las deudas pendientes de la sociedad para evitar que los chicos sigan cayendo en el flagelo de las drogas. 

¿Como se inició Chesky en el consumo?

Mi hijo comenzó a consumir marihuana a los 13 años, con un compañerito de la escuela. Desde los 14 hasta los 16 estuvo en el programa Sol, ambulatorio. Luego entró a Ibicuy (comunidad terapéutica de rehabilitación), que es uno de los mejores programas de Latinoamérica, donde estuvo tres años. Mi obra social no cubría tratamiento de adicciones, porque en esos años (2005-2006) se vinculaba el consumo de sustancias con un problema psiquiátrico. Tuve que probarle a la obra social que no era así. Conseguí tres informes. Pude demostrarlo.

Un día, tras su internación en Ibicuy le pregunté a Chesky cómo llegamos a esa instancia. Él me respondió: “Mamá, a mí nadie me avisó que era tan grave”. En ese momento me di cuenta de que él tenía razón. El peor de mis errores fue creer que a mi hijo no le iba a pasar. 

Chesky me dijo: “Voy a hacer todo este esfuerzo, pero ¿Vos qué me das?” Yo le contesté: “Cuando te rehabilites me corto el cabello”. “Bueno, te haces una colita de caballo y te pasas la tijera”, me respondió él. 

No fue mucho el tiempo de consumo...

Si sumás los años de consumo de él, no fueron tantos. No tuvo grandes ingestas. Era chico. Cuando abrimos el debate y le preguntamos a los jóvenes en las charlas qué fue lo que mató a Chesky, todos piensan que murió por sobredosis, pero no. Él se quitó la vida. No hay un estudio científico que diga cuándo enferma un drogadependiente. Yo hice una promesa a Dios de nunca callarme, porque los jóvenes están muy desinformados.

Usted presentó un proyecto de ley en la Legislatura de Córdoba... 

Después de un año desde que perdí a mi hijo me formé como preventora en adicciones, presenté el proyecto en la Legislatura junto con especialistas en derechos del niño, psicólogos y psiquiatras para pedir el cambio de currícula y que se implemente la materia de prevención de adicciones desde las salitas de cuatro años. Propongo cambiar la educación a una con anclaje emocional fuerte. El objetivo es que cuando los chicos lleguen a la edad de riesgo puedan decir un “no” rotundo a las drogas. 

¿Qué dicen los niños en las charlas, talleres?

Los chicos dicen: “Yo consumo consciente”, pero no es así, porque estar consciente es estar presente en un aquí y ahora con todos los sentidos. Cuando se toma alcohol en exceso, se consume pastillas o se fuma un porro, esas sustancias te sacan del estado de conciencia. Cuando un chico elige consumir drogas morimos todos como sociedad. Debemos preguntarnos qué nos está pasando. 

“Mi hijo me decía que a él nadie le había avisado que el consumo de drogas era tan grave”. 

 

Los chicos no consumen porque tienen un padre o madre malo o porque les falta cariño. 

A veces los chicos me dicen: “No pensé que era tan grave. Pensé que podía entrar y salir. Solo lo hago los fines de semana”. Piensan que es un juego. Esto también lo decía “Chesky”.

A los 13 años los adolescentes están construyendo su estructura heroica, es una edad de riesgo hasta los 18 años. 

La familia, la escuela, el club, debemos trabajar con una misma dinámica y sincronicidad. Inculcarles que deben decir “no”. 

¿Cuáles son sus conclusiones sobre los chicos después de visitar nuestra provincia?

Están recomplicados, porque tienen naturalizado el consumo de bebidas alcohólicas. No ven la diversión si no es vinculada a tomar. En Córdoba, por ejemplo, los chicos no ven la diversión si no se fuman un porro. Están de moda las “previas”. Padres “activan” a sus hijos en sus casas para que fumen y beban. Es terrible.

En general, cada vez son más los chicos que consumen. Hay una generación que está casi muerta. Hay chicos que no pueden estar en una reunión si no fuman o toman. En este sentido es importante la educación y el anclaje emocional. Yo tengo un hijo de 30 años, otro de 7 y un nieto. Tenemos que hacer algo todos juntos porque pueden morir dos generaciones. Se ha vinculado el placer al consumo. Si no tenés la zapatilla, el short de marca, el teléfono de la manzanita, no perteneces a la sociedad. Los chicos están preparados para el consumo. Hay un bombardeo de consumo. 

¿Cómo son las jornadas?

Duran dos horas y cuarto. Yo cuento la historia de mi hijo Chesky, que era divino. Hacemos debates, le entrego material a los chicos, vemos videos, hacemos tareas. 

Durante el encuentro les preguntamos a los niños: ¿Cuál es la peor droga? Entonces ellos escriben: paco, cocaína. Luego le mostramos nuestra respuesta: “La peor de las drogas es la primera, la que te inicia, no importa el nombre, la que te enferma y te puede matar”. También el terapeuta prende un fósforo que se consume y hace que un alumno pase al frente e intente volver a prenderlo. “Así consume la droga”, les enseñamos. Además, los niños pueden hacer preguntas anónimas en papelitos. Cuando llego a mi casa los escaneo y se los envío a un equipo de psicólogos y psiquiatras que hacen una propuesta, sugerencias formales a la escuela de los puntos que deben trabajar con los alumnos.

“Es necesaria una educación con anclaje emocional para que los chicos puedan decir no”.

 

Finalmente les pedimos que describan el mundo en el que viven, qué toman, qué devuelven. El mundo le ofreció a Chesky consumo de sustancias, él lo tomó, pero yo en representación de él, aunque con dolor, doy prevención para que a otros chicos no les pase lo mismo. Soy la única mamá de Latinoamérica que lo hace. No permito que me paguen ni el hotel. Destino parte de mi sueldo a Chesky y tiempo a los chicos. Cuando un nene se te acerca y te dice: “Quiero dejar de consumir”, no podés soltarle la mano. Tengo mucha fe. He capacitado a fuerzas de seguridad y planeo visitar cuatro instituciones este mes. 

¿Recuerda algún momento especial ?

Hace unos años una monjita me pidió que visitara un colegio y un alumno se paró y me preguntó:¿Señora por qué usted hace esto tan grande por nosotros si su hijo está muerto? Yo me emocioné y le respondí: “Si la mamá del primer Chesky hubiese hecho esto en la escuela de mi hijo, él no estaría ahora en ese video. Pasaron los años y una alumna de ese colegio se recibió de psicóloga. Yo no paro más. Empecé con esto en 2012, no paré ni voy a parar. Con la ayuda de docentes muchos chicos pueden salvarse. Ahora estuve en Salta para sembrar. Fertilicé la tierra y sembramos juntos con los profesores. Falta cuidar, regar constantemente, eso se lo dejo a la sociedad salteña. 

 

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