Monseñor Roberto J. Tavella es un prócer salteño. Había nacido en Concordia (Entre Ríos) y desarrollado su ministerio sacerdotal y educativo en Buenos Aires. Llegó a Salta el 23 de febrero de 1935, como un joven arzobispo de 42 años. Vino de otra geografía y de otro contexto social. Descubrió Salta, la amó y se transformó en un salteño ejemplar.

El testimonio de sus antiguos condiscípulos y alumnos nos relata la admiración que el joven Tavella despertaba en ellos. Pero también que su personalidad adquirió un rumbo nuevo, definitivo y descollante cuando fue consagrado arzobispo de Salta.

Tenía prestancia, elegancia, mente clara y un lenguaje cuidado. Amaba que las cosas se hicieran bien; que se viviera y se enseñara a vivir con dignidad. Por eso se ocupó de la evangelización y de la catequesis, de la enseñanza religiosa, de instituir nuevas parroquias y gestionar la creación de la diócesis de Orán, de fundar establecimientos educativos de todos los niveles, sindicatos obreros y todo tipo de asociaciones. También un diario.

Vivía la pobreza de modo íntimo y espiritual. No la mostraba ni hacía ostentación de ella.

Desarrolló una distinción propia, que no era frivolidad ni figuración vana, sino profundidad y elevación en la conjunción de verdad y bien en belleza.Con este mensaje y estilo influyó transversalmente las clases sociales, promoviendo la movilidad social en la expectativa de una nueva excelencia: la del humanismo cristiano, social y patrióticamente comprometido.

Monseñor Tavella pensó y trabajó hasta el último por la vida de la familia salteña, por la conciencia histórica, por la organización de la Arquidiócesis y de la sociedad, por la integración regional en el plano hispanoamericano. Era escuchado y respetado dentro y fuera del país.

Con ojos y corazón de pastor hizo propia la devoción salteña al Señor y a la Virgen del Milagro, y promovió su desarrollo en autenticidad, profundidad y esplendor. El culto del Señor y de la Virgen del Milagro como lo vivimos en la actualidad tiene también su marca.

Él ha sido un gran arzobispo porque ha sido un gran hombre. Su figura estuvo marcada por la magnanimidad, la virtud que hace amar y trabajar por los grandes objetivos. Los que hacen la buena historia.

El 21 de mayo de 1963 la sirena de El Tribuno alertó a los salteños que algo muy importante había sucedido. Enseguida doblaron las campanas dando el marco y el tono a lo que estaba ocurriendo. Cuando se anunció que a las 16:10 había fallecido Tavella se paralizó la ciudad. Las rencillas de una campaña electoral en marcha se suspendieron.

Durante tres días se vio el desfile multitudinario en torno a su féretro, bajo el crucero de la cúpula de su Catedral. El pueblo, en sus distintas expresiones, sabía de quién se despedía. La conciencia común era de que había partido un grande de la historia de Salta. Su sepelio fue solemne e imborrable para quienes lo vivimos, como es imborrable su personalidad para los que lo conocimos.

Vivió perdonando a los que lo habían agraviado. Murió pidiendo perdón a los que él hubiere ofendido y declarando haber amado a todos entrañablemente. Aunque era parco y austero en la expresión de sus sentimientos, sus actos ya los trasuntaban

Cada vez que los salteños visitamos el altar del Señor del Milagro, a sus pies, encontramos la tumba del primer arzobispo con una invitación a rezar por él y con un testimonio de fe inquebrantable: allí espera la resurrección. Nuestra gratitud lo acompaña.

 

¿Qué te pareció esta noticia?

Temas

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Debe iniciar sesión para comentar

Importante ahora

cargando...