El patio y el mostrador se irán quedando huérfanos. La voz retumbante de la tonada salteña se irá apagando. Vendrá el silencio y la estatua del Cuchi Leguizamón, en la vereda, será uno de los pocos recuerdos que les quedarán a los que supieron frecuentar El Farito.
Edmundo Herrera, el primer empanadero de la zona de la plaza 9 de Julio, cierra hoy las puertas de su negocio. Es por eso que invitó a todos los viejos clientes a darle la despedida al mítico lugar donde solían pasar horas y reír a carcajadas no solo el Cuchi, sino también el Bardudo Castilla, los Dávalos y las grandes personalidades de la cultura, la política y el periodismo salteño.
Ayer,El Tribunofue a degustar algunas "chuecas", como les dicen a las empanadas, en el único negocio del mundo en "donde el cliente nunca tiene la razón", según palabras de su dueño.
Allí, el Pelado Edmundo Herrera explicó que, por una cuestión de "sucesión", los dueños del inmueble donde alquila no pueden ofrecerle un contrato y, en consecuencia, el local no pasa la habilitación de la Municipalidad de Salta.
"Yo abrí en agosto de 1967. Es decir que me faltaban unos meses para cumplir los 50 años trabajando", dijo el hombre, que supo criar a los trillizos que tuvo con su mujer María Cristina Marocco vendiendo empanadas.
"Estoy cercado", aseguró. No sabe hacer otra cosa y la voz se le quiere quebrar cuando dice que el único reconocimiento que tuvo se lo dio Miguel Isa cuando, siendo intendente, le puso la estatua del Cuchi en la puerta del local, ubicado sobre la calle Caseros.
"Don Gustavo siempre quiso hacerle una zamba al Farito, pero se perdía en el tercer compás", dijo el Pelado. El Farito era el lugar por donde todos pasaban para charlar con amigos, compartir el vino manso de la media mañana y sonreír. En eso se perdía Leguizamón.
"El negocio se llamó así porque el primer mostrador que pude comprar para atender tenía un pequeño farolito en el frente y de ahí salió", dijo Herrera, que hasta hoy trabajó 49 años sin tener ni un día de vacaciones.
"Solo los domingos estaba cerrado, salvo en la época de Menem", dijo, ahogado en una carcajada.
Ayer estaban varios clientes nostálgicos como Marcelo Vila, quien dijo que se debería realizar un reconocimiento a ese lugar emblemático. "Nada es casualidad. Estar en este tiempo, en este espacio y con estas personas es un privilegio único, algo para agradecer a Dios", dijo como recitando una poesía. Recostado sobre el mostrador, Humberto Rivero, otro comensal, sintetizó: "El Farito es una institución".
Allí acostumbraban ir también políticos y grandes periodistas gráficos que reflejaban con sus plumas los acontecimientos importantes de Salta.
En esas mesas del patio descascarado se lograron amalgamar la risa y la nostalgia, el traje con corbata y el cajón de lustra, los extranjeros y los paisanos. Todo fue hasta hoy un testimonio de la vieja salteñidad que, de a poco, se va perdiendo indefectiblemente.

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