En la región de la Puna, semejante al paisaje de la Tierra primitiva, habitan microorganismos de valor histórico pero también actual, que pueden aportar a la disminución del calentamiento global o a la creación de antibióticos. Sin embargo, está amenazado por la minería y el turismo no regulado. Científicos del Conicet trabajan para salvarlo.

Los diminutos seres vivos aportan a la creación de antibióticos, la biominería y disminuci del calentamiento global.

Según una nota realizada por Nadia Luna, de la Agencia CTyS, la Puna es una ventana a la prehistoria que lucha por continuar abierta. Un mundo de enigmas que esperan ser develados. Un refugio de diminutos seres vivos que, sin saberlo, aportan a actividades diversas como la creación de nuevos antibióticos, la biominería y la disminución del calentamiento global. El ecosistema extremo de la Puna es único en el mundo por su semejanza con el paisaje de la Tierra primitiva pero, actualmente, está amenazado por la minería y el turismo no regulado.

Farías planea hablar con autoridades de medio ambiente del NOA, y preservar el ecosistema de divulgación turística.

Buscando preservar este tesoro natural, científicos del Laboratorio de Investigaciones Microbiológicas de Lagunas Andinas (Limla) del Conicet están trabajando en tres posibles soluciones que se complementan entre sí: armar un banco genético con muestras de la biodiversidad del lugar; lograr que el ecosistema sea declarado patrimonio de la humanidad; y crear una ruta de turismo científico que atraviese toda la región.

"Luego de las extinciones masivas ocurridas en la Tierra hace millones de años, las bacterias que viven en este ambiente fueron las que prepararon al planeta de vuelta para la vida, captando el exceso de dióxido de carbono y liberando oxígeno. Por lo tanto, además de tener un valor histórico, estos microorganismos pueden aportar soluciones al problema del calentamiento global", explica a la Agencia CTyS la doctora en Ciencias Biológicas María Eugenia Farías, investigadora del Limla responsable de los tres proyectos.

Según la científica, en la Puna, hay miles de millones de bacterias compitiendo por recursos no abundantes, como la materia orgánica, la luz y el oxígeno. "A esta especie de guerra química entre los microorganismos la podemos usar para obtener nuevos antibióticos, por ejemplo, antitumorales", precisa. Además, debido a la altura y al clima seco, los pequeños habitantes desarrollan un filtro solar natural y compuestos para no deshidratarse, que pueden utilizarse en biorremediación y la industria cosmética.

Reliquias de un mundo distinto

Las cadenas montañosas de la Puna se recortan en el horizonte a miles de metros de altura, atravesando el norte de Chile, la parte occidental de Bolivia, el centro y sur del Perú y el Noroeste argentino (NOA). El paisaje es único por lo bello, pero también por lo inhóspito. Convive con factores ambientales extremos como una amplia variación diaria de temperatura (-20 a 25º C), fuerte incidencia de rayos ultravioleta (UV) y alta concentración de metales.

En 2009, el equipo comandado por Farías descubrió, en dos sitios de este peculiar ecosistema ubicados a unos 4.000 metros sobre el nivel del mar, la presencia de rocas orgánicas formadas por agrupaciones de microbios, llamadas estromatolitos. Se trata de estructuras que aparecieron hace 3.500 millones de años y nunca se extinguieron. Son los responsables de la oxigenación de la atmósfera terrestre y la creación de la capa de ozono a lo largo de distintas eras geológicas. En tanto, sus restos fosilizados forman montañas, como puede apreciarse en el Valle de la Luna, en San Juan.

Uno de los sitios privilegiados es la Laguna Socompa, ubicada en el punto limítrofe entre Argentina y Chile, a los pies del volcán al que le debe su nombre. Aquí, los estromatolitos son unas rocas rosadas que reposan a orillas de la laguna. El otro sitio es Tolar Grande. Cerca de un pueblo de 140 habitantes, se observan seis parches de agua turquesa hipersalina conocidos como Ojos de mar. Toda su superficie es como un arrecife de estromatolitos.

"Ante el inminente boom minero, estamos armando un banco genético en el laboratorio para guardar todos los genes que sea posible", cuenta Farías. "Ya tenemos casi 400 algas, hongos, bacterias y otros microorganismos que han sido aislados, identificados y preservados para futuras investigaciones". De hecho, en el Limla ya se están desarrollando líneas de trabajo dirigidas a aislar bacterias resistentes a rayos UV, arsénico y salinidad. Además, el ADN también se procesa en el país.

Un paseo a través del tiempo

Actualmente, la economía de la región se centra en la minería, una actividad que transforma inevitablemente el paisaje como consecuencia de la remoción del terreno y puede contaminar las lagunas con sustancias altamente tóxicas. Otro peligro que acecha al tesoro histórico que guardan los estromatolitos es el turismo no regulado, ya que se pueden producir saqueos, por ejemplo, si los turistas se llevan piezas con material genético a modo de recuerdo o, también, saqueos con fines científicos.

"Por eso, tomamos la iniciativa de contactarnos con todos los investigadores que trabajen con este tipo de ecosistemas en el mundo. Y nos vamos a reunir en julio del año que viene, en Japón, para proponer que estos ecosistemas, que deben ser apenas siete o diez en todo el mundo, sean declarados de interés científico de la humanidad", anuncia la científica. "Un ambiente con tantas aplicaciones biotecnológicas, con tantas respuestas a los problemas de la humanidad, no se puede perder".

Por otra parte, Farías cree que la preservación de un ecosistema también puede dejar beneficios económicos. "Con el centro del Conicet de Tucumán, estamos trabajando en una propuesta para crear una ruta de turismo científico que se llamará ’La ruta del origen de la vida’. Atravesaría toda la Puna y pasaría por ambientes poblados de volcanes activos, lagunas, estromatolitos, todos paisajes muy similares a lo que fue la Tierra primitiva", apunta.

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