Los hombres de la tropa de doña Carmen dejaban la vida en cada combate contra los godos mientras sus enemigos aspiraban a que cada entrevero fuera el último, los veteranos cansados de avanzar y retroceder durante años y los jóvenes porque sabían que más allá de las victorias, esta guerra era un eterno comenzar para seguir batallando sin fin.

Contra estos enemigos necesitados de una carta definitiva, los hombres a quienes Güemes dejara la custodia de los pasos quebradeños que bajan desde la puna bajo el cerro Lumará, eran incapaces de ceder un metro de patria o un herido sino al precio de la vida que se les atreviera. Y por sobre el deseo de volver a España de unos, y de vivir en paz de los otros, las almitas de Suipacha que pechaban el destino prorrogándolo siempre.

Hace tiempo ya que les hablé de las almitas de Suipacha. Al comienzo de esta guerra, allá por el mismo 1810, la de Suipacha fue la primera gran victoria del ejército de esa patria que era poco más que un sueño y demasiadas ilusiones. A Suipacha llegaron cantidad de jóvenes abajeños embebidos en traducciones de Rousseau a los que se les sumaron indios que querían vivir fuera del yugo de las encomiendas y paisanos cansados de la carga del arriendo.

Los que murieron en ese valle poco al sur de Tupiza creyeron dejar la vida al pie de una victoria que llevaría a los que les sobrevivían rápidamente a destronar al virrey de Lima, pero pocos meses después, ya en el invierno de 1811, los criollos fueron destrozados en Huaqui, a orillas del lago Titicaca.

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