La abuela Nazaria fue la encargada de darles la noticia de que Leonor había muerto. Carlos se había demorado y sólo llegó entrado el día, cuando su amada estaba echada inerte entre velas al pie de la Virgen de Copacabana. Alzó sus ojos y vio los de Macarena, la mujer que dejara con dos hijos cuando se inició en esta guerra, y su corazón fue un torbellino de sentimientos encontrados.

Macarena no era ya la moza mora de su aldea sino una mujer fortalecida por la larga travesía que la llevó a cruzar el mar, donde un mercader le robó el hijo mayor, y con el menor siguió por selvas y desiertos hasta dar con el campamento del cerro Lumará donde su hombre lloraba la agonía de otra mujer.

Atravesado por la pena besó los labios del cadáver. Al ocaso llevaron el cuerpo de Leonor a la vera del arroyo que bordeaba el campamento y le dieron sepultura. Así de fáciles son las cosas más dolorosas: un hoyo y paladas de tierra, una cruz y algunas flores de las que se pueden rescatar en la puna.

Ya nada más quedaba de ella, y Carlos estaba mudo mirando al horizonte donde sólo lo esperaban más combates en que ahogar su dolor. Pero en el campamento había más. Estaba su hijo Pablo, a quien no conocía aunque se le pareciera tanto, y estaba Macarena, la madre del changuito.

De regreso al campamento tras el entierro, Carlos escuchó de Macarena sobre los últimos momentos de Leonor, sobre el pedido que le hiciera de que lo cuidara y sobre la travesía que la devolvió a su lado, andar por el que le robaran a Pedro, el hijo mayor de ambos.

¿Qué te pareció esta noticia?

Últimas Noticias

Últimas Noticias de

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Importante ahora

cargando...