Macarena recordaba que había llegado a las misiones desde la costa del Brasil. Lo hizo junto a esos hombres que cazaban indios para las plantaciones, pero no había otros que siguieran ese trayecto que debía llevarla a su amado, quien peleaba en defensa del rey en algún lugar del Perú.

Pero los indios de las misiones, acaso por las ideas de la independencia, acaso por el cansancio de las cazas bandeirantes, los esperaban en pie de guerra. Poco les costó acabar con los pocos hombres que quedaban de aquellos que habían partido desde el puerto. Tras la masacre, Macarena y su hijo Pablo se encontraron solos en medio de la selva.

Ya nada debían esperar de la vida. No pensaba en rehacerse en esa costa junto al río, en levantar la choza y vivir como pudiera. Pero al llegar a la orilla, vio navegando una pequeña barca que dejaba su estela hacia el sur. Le hizo señas y volvió a escuchar el castellano en que fue criada.

Navegaban hacia Asunción. No restaba mucho y pensó que ese puerto era mejor que la selva. No preguntó por la distancia que le restaba hacia el Perú porque le daba vergüenza. Ya era consciente de que su destino era imposible, y con él el reencuentro con su amado.

Para los hombres de la barca la visión fue también extraña: una mujer española, de piel oscura por alguna herencia mora, en medio de esa selva en la que gritaban los monos entre papagayos y voces guaraníes. Así comenzaba un nuevo capítulo en su vida, que ya no estaba libre de los pesares de una mujer sola con su hijo en este continente.

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