Algunas jornadas al sur se llevó a cabo el combate de la ciudad de Tucumán. La tropa en que militaban Pedro y Pablo, que recién sabían que eran hermanos, venció a los abajeños que se habían posesionado del gobierno.

Ambos deseaban que la guerra acabara para regresar a la finca de doña Carmen, donde Pedro se reencontraría con Carlos y Macarena. Masticaban por adelantado la alegría de Macarena cuando volviera a ver juntos a sus hijos y el orgullo de Carlos viéndolos ejercer el oficio de guerreros.

La vida cerraba círculos abiertos muchos años atrás cuando Pedro fue robado por el mercader inglés y su madre se quedó sola con el pequeño Pablo para encontrar a su marido. Y cuando el enemigo retrocedía derrotado dejando en el camino a los heridos, el clarín de los propios llamó a degüello.

La llamada a degüello era la orden de pasar a cuchillo a los heridos enemigos, en parte para ahorrar fuerzas, para asustar y también por un modo guerrero de la compasión, pero al fin una tarea ingrata que los soldados emprendían porque era parte del servicio y para que no se los tenga en menos.

Pablo y Pedro desenvainaron sus facas para caminar entre los cuerpos caídos. Sabían que lo que más costaba era despenar al primero, que el resto son mera reiteración del golpe que se refleja en un gesto último.

Pero al cuarto, al quinto degollado, Pablo se detuvo porque el hombre que lo miraba desde el suelo calzaba un rostro que le era largamente conocido y que, teniendo piedad de quien iba a matarlo, le pidió nomás: despename, hermano.

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