El Museo Regional de Pintura "José Antonio Terry" ubicado en calle Rivadavia 459 de Tilcara, volvió a ser el centro de atención en lo que hace a las propuestas de artes plásticas en el marco del Enero Tilcareño, labor que programa Lito Sandoval para la institución museológica que dirige Francisco Tinte.
En esta ocasión fueron inauguradas dos muestras en la sala "Félix Leonardo Pereyra", dos propuestas de un similar perfil en cuanto a su manejo del color y a su reconfiguración de la realidad, aunque cada una de ellas muy personal.
Hablamos de los cuadros de los artistas plásticos jujeños Juan Manuel Taritolay y Ariel Cortez.
El primero propuso seis obras de gran tamaño, en las que interviene, en base a juegos de colores, dibujos idénticos de cabezas de toro. Así bajó los toros, de inspiración peruana, a un colorido que remite a los disfraces de los carnavales tilcareños.
Son obras en las que trabaja sobre dibujos idénticos, enfrentados en pares como en juego de espejos, donde deja volar su propuesta de expresionismo abstracto. Entonces el entramado libre de colores fuertes busca individualidades estéticas donde a primera vista era un conjunto de reiteraciones.
Ese juego nos permite asomarnos al detalle dejando caer la atención sobre cada tela, dejando el sabor letánico de un ritmo continuo.
Con una propuesta similar en lo que hace a la recurrencia a los colores, Ariel Cortez incorpora un dibujo más presente que en sus obras anteriores. Personajes del ámbito quebradeño junto al diablito carnavalero, y paisajes encarnan con soltura allí donde el magma de su paleta estalla con una locura que conmueve.
Su obra apuesta fuerte. No pretende ni puede pasar desapercibida, pero a la vez logra conmover apelando a las emociones a que recurre el arte descriptivo. En ese sentido, podría comparárselo con una furia de punk rock sobre la que se canta la letra de un bolero tradicional, logrando en esa tensión el contraste en que también se entreteje el espectro de su propuesta de colores.
La obra de Ariel Cortez pareciera crecer en forma orgánica con una racionalidad interna que salta, de muestra en muestra y de cuadro en cuadro, buceando por distintos bordes visuales que se embeben de la cultura quebradeña, a la que apela, pero tensándola con pinceladas que responden a una necesidad interna suya, pero no arcana.

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