Alguien nos cuenta que su abuela no quería subirse al techo de la casa. Eran las cinco de la mañana del lunes de Carnaval y el agua corría dentro y fuera de su casa en el barrio de Mataderos. ¿Y qué edad tiene su abuela?, le pregunto. Ochenta años, me responde. El gomón, sigue recordando, pasó a rescatarla como a las nueve y, desde entonces, están con un primo cuidando las cosas.
Las cosas son un montón de muebles irreconocibles y bolsas con ropa sobre tablones que están sobre el barro, una heladera volcada sobre la puerta, las flores de la abuela aún coloridas contrastando con el fango. Nos hablan de la urgencia de vaciar los pozos ciegos, nos preguntan qué donaciones llegaron, sugieren otras necesidades.
Ya en la calle el panorama es apenas menos desolador: los huiros que debieron presidir la invitación a una comparsa, marcan un pozo que ya se empieza a ver porque el agua está bajando. Desde la esquina, la luz reconfortante de la solidaridad: un grupo de turistas que se llegaron para carnavalear y van casa por casa para preguntar qué se necesita.
Por la tarde se los ve llevar las ollas con té sorprendidos de que haya quien creyó que es gracioso pintarles la cara. Como en todos lados, en esta Tilcara inundada hay dos países: los que no se enteran, o prefieren no enterarse, y los que llegan con una bolsa de ropa que debe hacer falta, con el colchón que se compró para las visitas, con tiempo para cocinar o para anotar las donaciones que van llegando.
Gente que, a las puertas de sus casas destruidas, les dice a los voluntarios que no precisan la comida porque ellos tienen, denle a los vecinos de al lado, dicen, y gente que se aprovecha para hacerse de un colchoncito más aunque apenas tuvo goteras en la casa.
Algunas movidas artístico solidarias como las de Tukuta Gordillo y Bruno Arias.
El Hotel de Turismo convertido en un mundo de donaciones, de rescatados y de solidarios.
Disparidad de criterios en cuanto a lo que se debe hacer, cuándo y cómo se debe hacer y solidarios anónimos que uno ve a cada hora alzando niños, transportando muebles, y que son los que se corren cuando saco la cámara de fotos porque "no lo hago para eso", me dicen con una sonrisa.
Un comité de emergencia con el ministro de Seguridad, Defensa Civil y miembros de gabinete local. Autoridades de distintos estamentos que preguntan por lo bajo qué hace falta, por lo bajo porque no es tiempo de hacer política, y otros que llegan con sus propios fotógrafos.
Equipos de turistas y vecinos rescatando vehículos tapados por el fango poniendo un esfuerzo elogiable, gente que se acerca para preguntar qué se puede hacer y gente que mira para otro lado.
De los evacuados, casi la mitad son turistas que ya fueron trasladados a San Salvador en ómnibus pagados por el municipio.
De los otros, los vecinos cuyas viviendas sufren derrumbes o amontonan pertenencias en el barro, más de un centenar siguen albergados en los sitios habilitados para ello, y se cuenta cerca de cincuenta familias que no quisieron abandonar sus casas.
De las camionetas que llegan cargadas con donaciones para cubrir necesidades, las hay de municipios radicales y peronistas, las hay del Gobierno de la Provincia y de particulares.
Hay gente que aprovecha la correntada para hacer política en las calles y en las radios, y hay gente que se arremanga para dar una mano más allá de la confesión religiosa o el color partidario. Como diría mi abuela: en la cancha se ven los pingos.

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