La descripción, hecha hoy, puede sonar desagradable. Pero usted sabe, amigo lector, que los tiempos cambian y, con los tiempos, también cambia aquello que uno puede llegar a imaginarse como el mejor de los lugares. Les hablo de una redacción amplia, mal iluminada y llena de humo de tabaco. Por si eso fuera poco, el tableteo constante de las máquinas de escribir semeja el de una trinchera de la guerra de 1914.

A pesar del calor, los hombres toman mucho café y visten camisas con corbatas ajustadas contra el cuello.
Cada tanto, uno de los escribientes arranca la hoja de la máquina, la lee con gesto de desagrado, la hace un bollo y la arroja al cesto de basura que hay debajo de su escritorio, y entonces comienza a escribir todo de nuevo para corregir un adjetivo fuera de tono.

La escenografía de ese sano ambiente, donde sobrevuela la mística del periodismo, pude haberla tomado de la película el Ciudadano Kane, donde Orson Wells describe descarnadamente las luces y las sombras de nuestro oficio, y sin embargo pienso en otra redacción mítica, la del diario El Mundo, a pocas cuadras de donde pasé mi infancia, donde se escribieron las memorables Aguafuertes que luego recopiló la editorial Losada para marcarme, y no sólo a mí, un modelo periodístico que quería transitar.

Hablo de Roberto Arlt, quien además de las crónicas de hechos más notorios, llevó a las páginas de un diario escenas de la vida cotidiana con que se cruzaba por la calle, costumbres, personajes y estilos grotescos o beatíficos que hacían a la realidad sin por ello pretender el derecho a un titular.

Roberto Arlt buscaba el reportaje allí donde nada hacía suponer que hubiera una noticia, donde los mismos protagonistas se sorprenden de verse impresos en papel y sospechan, con algo de razón, que en ello hay una broma.

Cuando puse la primer hoja en blanco en el rodillo de una Olivetti, pensaba en ese humor con que supo describir en tono trascendente lo que era de todos los días, cuando el pretencioso que se cree con natural derecho a la foto empieza sentirse incómodo y fuera de lugar.

Y claro que no sólo lo hizo como una transgresión, cosa que es relativamente fácil, sino con verdadero arte, borroneando para siempre la delgada frontera que hay entre la realidad y la ficción después de haber echado por tierra el pedestal de aquello que parecía ya haberse ganado el lugar de lo importante, de la noticia, de la verdad.

Como sea, ese mundo de escritores devenidos periodistas es tan lejano como el de las redacciones saturadas de olor a cigarrillo (algo ya abiertamente insano, inmoral e ilegal), como el coro de teclas que martillean sobre cintas con la tinta tan gastada que no se sabe si es negro o es rojo, el exceso de café (tan dañino como el tabaco) y la búsqueda de un lenguaje personal, dentro de todo lo impersonal que tiene necesariamente un diario, para describir esta ilusión común que llamamos mundo. Esto último, que entreví de adolescente en las Aguafuertes de Roberto Arlt, me decidió a ser periodista.

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