Él nació en la milenaria Puna y yo, a cientos de kilómetros, donde el verde de la lujuriosa selva se entremezcla con el azul del cielo. Y fue nuestro querido diario el que propició el encuentro, y nuestras almas, nuestros corazones, nuestras miradas que desandaban paisajes tan disímiles, se abrazaron unidos por el mismo ideal.

Él, fue periodista de la pluma y la palabra, que desde su plena convicción comprendió que la verdad no tiene precio, le duela a quien le duela. No sólo registró una noticia porque era su trabajo, sino que supo vivirla, sentirla, sufrirla o celebrarla desde lo más profundo de su ser, tanto que se hizo parte de ella.
Su oficio o profesión, o como quiera llamarse, fue pura entrega y no conoció límites de tiempo ni espacios.

Con su cámara y el grabador a cuestas, se convirtió en los ojos y la voz de aquellos que no se atrevían a hablar, o que habiéndolo hecho, no eran escuchados. Casi siempre solía ver más allá de lo que otros lo hacían, descubriendo talentos, obras, hechos, historias cotidianas que desde el anonimato, construían para bien en el concierto social.

Periodista de raza, que a la objetividad, le sumó el innato talento de "saber decir las cosas" con el natural sentimiento que le imprimió a su prosa, llegando a los lectores más que como una noticia, como un mensaje que promovió la reflexión y la emotividad capaz de movilizar el alma.

No le hizo falta un "título" académico para ser el periodista de su pueblo, llevaba tatuado en su piel el otorgado por la universidad de la vida y la experiencia y ejerció su labor, desde la humildad y el servicio, haciendo del respeto hacia la comunidad, su bandera más sobresaliente.
Y vaya si tenía talento! Talento que no se limitaba a una labor de escritorio o a un séquito de asistentes, sino más bien, era un caminante que en soledad y con escasos recursos cumplió con su misión de informar.

Y en el camino de mi vida lo encontré y sin dudas ejerció el auténtico valor de la sinceridad para encuadrarse en el perfil que tanto admiré y amé.

Haciendo una retrospección muy necesaria en ciertas ocasiones que lo ameritan, surge el rostro, de mi colega, con el cual me identifiqué desde un primer momento, será tal vez porque "tenía tanto de mi", "era tan igualito... tan parecido a mí", o tal vez porque fue el "espejo" que reflejaba mi diaria labor. Su nombre: Aldo Ábalos, periodista de la indómita Puna amante de su tierra y de su gente que supo con su voz y su letra retratar tantas tristes y felices realidades de los pueblos del norte con ese toque distintivo de verdad, sentir y poesía que cautivaba al espíritu más indiferente. Aldo, fue, es y será mi referente, el modelo casi perfecto que admiré y amé en esta sagrada misión que abracé con el alma. Aldo era así, un periodista de raza, capaz de conjugar lo objetivo con esa veta poética que convertía a su trabajo en una simbiosis casi perfecta del tamaño de una máxima, porque la sustentaba un ideal noble como el que amasaba su pueblo desde el silencio de los socavones y las soledades.

Supo pintar con palabras y sentimientos la cotidianeidad de su pueblo y, nacido en tierra de poetas jujeños, fue periodista y trovador por designio de Dios que pintó su trono en el Huancar, donde quedó para siempre su estampa. En este día del periodista, honró su memoria y al recordarlo, comprendo que sigue siendo "mi espejo" y cada día me veo "más parecida a él".

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