¿Quieren algo más?, nos preguntó Noelia, la almacenera que había demorado tanto en cortar el fiambre porque nos contaba la historia de su tío y de su tía, a quien había abandonado. Y no terminaba de decirlo cuando un hombre atravesó el marco de la puerta del almacén, y Noelia se quedó anonadada.

Era su tío, don Gertrudo Núñez. Cinco años había estado ausente, desde que dejó a su mujer porque ella perdió las alianzas de la boda, y vaya a saberse la causa de su regreso. Él mismo lo ignoraba, a juzgar por la forma natural con que saludó a su sobrina. Como has crecido, le dijo. Si, dijo ella, pero cuando se fue tampoco era una niña.

Pero engordaste una enormidad, le dijo don Gertrudo a la Noelia. Yo habré engordado, dijo ella, pero no habrá sido por su sueldo de viajante de comercio ni por el de concejal, que nunca le pasó un peso a mi tía. Eso es cierto, dijo don Gertrudo cabizbajo, pero no fue por culpa mía. ¿Y de quien habrá sido?, le preguntó, irónica, su sobrina.

Te contaría si me acordara, le dijo el tío. Pero estos dos hombres son testigos de que no miento, dijo refiriéndose a nosotros, que en el acto protestamos porque no éramos testigos de nada de eso de lo que estaba hablando. ¿Y por qué creen que miento?, nos increpó visiblemente enojado. Nunca dijimos que mintiera, le dijo Armando.

Lo único que puedo asegurar es que no podemos ser testigos de que dice la verdad, aseguró. No me vengan con macanas, dijo don Getrudo Núñez, porque si no saben que miento, debieran ser testigos de que digo la verdad.

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