Ser punk en la puna se volvió para Tonello Quispe en una serie sin fin de frustraciones hasta que conoció a Juan el Podrido, un paisano que vivía solo en su ranchito como yendo de Hornaditas a Sapagua. Tonello Quispe intentó escandalizarlo con sus gritos guturales y el Podrido salió a la puerta, se rasco la axila y lo invitó a pasar.

Para asombro del Tonello, el rancho del Podrido tenía en su interior todo lo que se pudiera decir que era punk. Pensó que había dado con su igual: un ser que vivía entre espejos despedazados, retratos de los candidatos a concejales más desagradables, muñecas rotas, guitarras con pocas cuerdas y una vieja televisión con el tubo quemado.

Cuando el Tonello le explicó, exultante de felicidad, que se había resuelto a escandalizar a todos aquellos que se sentían felices con sus pobres vidas, y que sólo quería darle miedo a los que pensaban que no tenían nada por qué temer, Juan el Podrido, que en el fondo era un hombre culto, le dijo que se dejara de macanas, que esas cosas no cuadran con nuestra idiosincrasia, dijo.

Tonello Quispe no tenía ni la menor idea de lo que le estaba hablando, pero sin embargo sintió algo de vergüenza. Usted más bien se parece a esos borrachitos que se pierden por los barrios menos concurridos de los pueblos quebradeños, algo que ni la declaración de Patrimonio de la Humanidad pudo corregir, le dijo.

Pero ni siquiera el desamor de su madre, la causa de todos sus desvaríos, pudo lograr que Tonello Quispe se dedicara a la bebida porque no le gustaba el alcohol.

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