Ezadulá, de cuatro años, recibió una bala en el abdomen y Maysam, de 12, una esquirla en una pierna. Ambos son víctimas colaterales del conflicto afgano que en 2016 dejó 11.500 muertos y heridos civiles, de los cuales un tercio eran niños, según la ONU.
En el hospital Emergency de Kabul, las estadísticas tienen nombres y rostros, hundidos bajo las sábanas y las mantas, cuerpos doloridos y llenos de sondas que cuentan la violencia persistente de un conflicto iniciado hace 40 años.
"Iba en bicicleta a buscar mis libros para la escuela cuando me hirieron", cuenta Maysam con una sonrisa en los labios, a pesar de que le fracturaron el fémur.
El chico pasó en un mal lugar en un mal momento el 10 de enero cuando 36 personas murieron y 78 resultaron heridas aquella tarde en un doble atentado suicida contra un edificio del Parlamento en Kabul.
Ezadulá estaba en casa, en su pueblo de la provincia de Logar (al sur de Kabul), cuando recibió una bala perdida el 22 de enero.
Hasta el momento no se sabe quien disparó esas balas si las fuerzas gubernamentales o los talibanes que se enfrentaban aquel día.
En 2016, 3.512 niños fueron víctimas del conflicto -923 muertos y 2.589 heridos-, según el informe anual de la misión de la ONU en Afganistán (Unama) presentado ayer, un aumento del 24% respecto a 2015. Los niños son una categoría "sobrerrepresentada" entre las 11.500 víctimas civiles del año, explica Danielle Bell, directora de derechos humanos de la Unama.
Artefactos caseros fatales
Dejan Panic, coordinador de la ong italiana Emergency, que gestiona este hospital de Kabul especializado en heridas de guerra comentó que "el desastre no para de extenderse. El año pasado recibimos a 3.400 heridos, de los cuales un 30% tenía menos de 14 años", dice Panic.
Los "combates terrestres" causaron la mitad de los niños heridos, según la ONU. La segunda causa de heridas en menores son los artefactos explosivos, municiones abandonadas como cohetes, morteros, granadas, que los niños recogen, o minas artesanales y bombas de fabricación casera: el número de víctimas que provocaron aumentó en un 65% en 2016, incluidos un 84% de niños.
"Los artefactos explosivos artesanales son cada vez más potentes", asegura Panic, que lleva siete años en Afganistán. "En 2010, se veían muchas fracturas abiertas. Hoy la gente llega con las dos piernas cortadas y el bajo vientre herido. A veces tenemos que practicar dos o tres amputaciones y entre cinco y seis intervenciones muy especializadas sobre un mismo herido, vascular, plástica, abdominal...", cuenta.

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