"Contrafrente", la nueva novela de Jorge Accame, se inscribe en la genealogía literaria que aborda el vínculo del hijo con el padre mediante un relato por momentos fantasmal y desolado que, sin intenciones expiatorias, reconstruye ese lazo, el de los ancestros y la propia identidad.

Editado por Edhasa, el libro se construye como un rizoma, un árbol genealógico fragmentado que se despliega entre pasado y presente y que extiende al futuro los miedos de un hijo que mira al padre sin poder dilucidar si esa historia compartida, la que también constituirá a sus hijos, es una maldición o garantiza la supervivencia.

Aquí el padre no es redimido, devora a sus hijos, pero los hijos también lo devoran. Virginia, la niña discapacitada, ordena la vida familiar en el sentido de un deber de cuidado que no cesará hasta que muera; y Adolfo, el hermano mayor, rechaza ese deber pero con culpa, ya que no logra procesar el mandato paterno.

Nacido en Buenos Aires en 1956, Accame reside desde 1982 en San Salvador de Jujuy; fue distinguido con la Beca Guggenheim y publicó una decena de libros, entre ellos los de cuentos "Cumbia" y "Ángeles y diablos"; la novela "Concierto de jazz" y obras de teatro como "Chingoil Cómpani".

Actualmente enseña Griego en la carrera de Letras de la Universidad Nacional de Jujuy (Unju) y trabaja en un taller de redacción en Comunicación Social: "Me atraían las provincias, mirar al país desde otro lado", dice el autor de la obra teatral "Venecia", en cartel desde 1998. Accame empezó a leer a los seis años con el deseo de "escapar del mundo de la escuela", porque lo "irritaba profundamente", pero en la secundaria esa percepción cambió radicalmente: "Gracias a algunos profesores, la escuela se transformó en el mejor aliado para aproximarme a la literatura. Creo que en esos años decidí que quería ser escritor".

Esta novela podría inscribirse en una genealogía delineada por obras que van desde "Carta al padre" de Kafka hasta "Mi libro enterrado", de Mauro Libertella pero según su autor "un texto literario es algo complejo. Entiendo que la cuestión de los géneros es cómoda para referirse a ciertos tópicos, pero un libro es tan inasible como un ser vivo. Podemos hablar de libros de padres e hijos, claro, pero las palabras, su proporción y orden, harán de ellos textos únicos. "La invención de la soledad", de Paul Auster, y "La vida de mi padre", de Raymond Carver, por ejemplo, son textos de una construcción dolorosa y, de manera diferente, buscan redención. Pero por otro lado, ¿no son todos los textos literarios a su modo expiatorios?", expresó.

Sobre el surgimiento de esta historia Accame indicó, "en cierta forma, lo que escribo surge de un primer escalofrío intenso que el cuerpo no podría soportar demasiado tiempo. Creo que la literatura tiene posibilidades cuando uno se sacude ese escalofrío. Tiene algunos elementos que son autobiográficos y otros que no. Pero desde el momento en que uno decide escribir una ficción, nada de eso importa. La historia es la que está escribiéndose; usa el material inicial elegido, pero se aleja de él para convertirlo en otra historia, nueva y original".

Y refiriéndose a la distancia que debe establecerse entre el escritor y el narrador manifiesta, "podríamos pensar que cuando uno empieza a escribir una novela o un cuento, toma distancia del escritor y se adentra en la narración. Es lo que sucede al principio de "La Ilíada" cuando se dice: "Musa, canta la cólera de Aquiles". A partir de allí, se borra toda huella de Homero y la historia parece contarse sola. Pero también sabemos que la escritura es más bien intuitiva, nada allí es del todo adrede. Uno conoce apenas hacia dónde se dirige, y en las zonas tormentosas cuesta mantener firme el timón. A veces perder el control no es necesariamente malo, puede llevarnos a lugares fuera de ruta que ni sospechábamos que existían. Dependerá de la pericia y sabiduría del capitán del barco no perder las proporciones que benefician al texto".

El libro parece montado sobre tres ejes, siempre crueles: uno mitológico o atávico (Ulises, Abraham); otro público, regido por un Estado censor (el de la última dictadura argentina), y otro singular o privado, el del árbol genealógico. Al respecto el escritor dice, "mi intención fue que esos ejes se entramen para que el libro pueda ser leído como una historia personal, social y universal. No sé si son crueles, porque hacen a la condición humana. Podemos querer vernos mejor de como somos, pero finalmente somos lo que somos. Es doloroso contemplarse, pero es inútil esconderse. Primero fue un texto relativamente breve, unas treinta páginas, quizá. Y quedó así por años, pero cada vez que lo leía me parecía una historia algo mezquina. Cuando empecé a relacionarla con la mitología y la dictadura tuve la sensación de que entraba en una zona más interesante".

La historia pareciera avanzar sobre dos tensiones: el deseo del narrador de escapar de la egrégora familiar, de liberarse de las cargas de heredad; pero también de confirmarlas para confirmarse a sí mismo, darle crédito a la fábula familiar y, con ella, otorgarse sentido. En relación a esto Accame afirma, "nos movemos entre lo viejo y lo nuevo, entre la tradición heredada y el deseo de renovar. Nos encauzamos en la corriente de un idioma antiguo, pero necesitamos colocar en él nuestra propia palabra. Somos las dos cosas, porque nos constituimos en el tiempo. No podemos escapar de esas coordenadas. Un solo hombre, una familia, una estirpe, la humanidad. Somos como el lenguaje mismo que proviene desde orígenes inciertos y que fluye hacia el infinito".

Y sobre el papel de la mujer en su nueva obra señala, "en la novela, la mujer, como protectora de la especie, ingresa un elemento en la estirpe para salvarla. El varón juega a la guerra, mata a sus hijos. La hembra tiene que buscar recursos en su genética para anular la pulsión destructora del varón. Esa destrucción puede adquirir diferentes formas: la estupidez, el poder, las cruzadas, la soberbia, o la voluntad de "perfección"", concluye.

 

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