(Tilcara corresponsal) El arte podría no dar razones para florecer, sin embargo la puesta en escena del Éxodo Jujeño cumplió también otras dos importantes funciones: levantó una marcha evocativa que, en los últimos años, venía alicaída en cuanto la participación, y compartió con el público explicaciones de los hechos históricos. Esto podría alcanzar para justificarla, pero lo que vimos desde el puente de acceso a Tilcara y desde su costanera fue, además, un buen espectáculo.

 

En Tilcara el Éxodo Jujeño fue recreado con un espectáculo impulsado por la Red de Grupos de Teatro Independiente y INT.

Pasadas las 18, la obra comenzó cuando el público accedió a la playa del río para compartir con los actores-personajes la previa de la obra-éxodo, y conforme bajaba el sol la magia del ocaso permitía imaginar que el espectador ya no fotografiaba el vestuario sino que empezaba a ser parte de los hechos, escuchando a un niño preguntarle al padre por cuando llegaría el momento de robarle los cañones a los realistas, conversando sobre el resultado de las Paso con un cura y un gaucho de 1812, o discutiendo si la versión masculina de las heroínas no son los héroes sino los "heroinos".

 

Cuando el público ocupó sus lugares para que los actores recuperaran el campo de la escena, acaso era el momento de mayor desafío de la propuesta soñada por Walter Apaza, Secretario de Cultura del Municipio, y llevada a cabo, con múltiples protagonistas, en conjunto con la Red de Grupos de Teatro Independiente y el Instituto Nacional del Teatro más los diversos elencos locales, los Centros Gauchos y muchos vecinos que, como en aquel entonces, esta vez también se sumaron a la gesta.

Maquillajes, vestuarios, luces y sonido hicieron sus partes impecablemente, y con la voz en off de Titina Gaspar, uno de los más importantes nombres de la actuación tilcareña, comenzaron a desarrollarse los hechos que, durante cuarenta cortos minutos, llevaron a escena los hechos que rodearon al Éxodo, las dudas, los titubeos, los arrebatos, la danza de los guerreros, transportes de escena a Lima y a Buenos Aires, y la presunta corpachada con que se dio de comer a la Tierra antes de partir, cuando el Éxodo se transformó en una rueda, como las de los copleros, en torno a la apacheta.

Entonces el teatro se transformó en aquella otra dramatización que Tilcara viene generando desde hace años, la de la Marcha Evocativa, dando a entender que lo nuevo que puede generarse no se opone a lo tradicional sino que se le suma, en un diálogo en el que podemos vernos como parte del mismo pueblo del Éxodo, marchando, cada quien con su institución, por las calles de un casco céntrico que en algunas de sus paredes también reclamaba la aparición con vida de Santiago Maldonado.

 

 

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