Caminando Tres Cruces, entre lo pequeño y lo imponente

Lo pequeño y lo imponente se conjugan en una caminata por los alrededores de Tres Cruces: el enflorado en el lomo de una llama para asegurar el multiplico de la hacienda junto a las paredes que encajonan los huaycos que se adentran en el cerro, la inmensidad que se abre como preanuncio de la Puna ante la queñoa brotando entre la piedra roja.

Una vizcacha se cuela de un salto entre la tola, una perdiz alardea su elegancia chaplinesca y una pirca de ayer, cuando la levantaron los abuelos piedra sobre piedra, junto a la que lleva miles de años custodiando su memoria.

El capricho de las perspectivas quiere que esta peña, que parece un Buda, sea tan grande como el cerro más lejano, y que la rama de una tola tenga la dimensión de ese tajo por el que bajan las aguas del verano. Un trozo de montaña, que a veces es piedra, recuesta su frente cansada sobre un pecho que lo mima.

Hay lugares que tienen nombre y otros que esperan donde su silencio se vuelve cómplice. Sus formaciones quieren ser un test de Rorschach en el que dejamos caer nuestra fantasía.

Si nos acompaña un baqueano, ese viejo oficio que hoy se conoce por el nombre de guía turístico, las plantas nos dicen su uso medicinal, los rincones recuerdan a sus viejos habitantes y el sol brilla sobre el suelo como parte de un relato que a veces se ensancha en los milenios, que reconoce el paso de la historia y el cuento memorioso de campesinos, ferroviarios y mineros. Tres Cruces no sólo busca que sus guías locales ayuden a que podamos conocer el secreto de cada vista, sino también que su compañía nos inspire para cuidar lo nuestro. Una manera de ser parte de la tierra allí donde la Quebrada de Humahuaca nace cuando se encajona el horizonte de la Puna.

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