Continuando con nuestra serie de mujeres en el arte, hoy vamos a dedicar nuestra columna a la cantante de fado Mariza.

 En nuestras ediciones anteriores hemos hablado de cómo la mujer ha inspirado como musa a varios artistas, ya en la prehistoria con las Venus Obesas, que representan el ideal de belleza que eran válidos en esas épocas y que más de una mujer actual estaría deseosa de que los tiempos volvieran, pues todo tiempo pasado fue mejor. Sobretodo en Europa, donde se ve mucha gente con sobrepeso pero que a diferencia de los países latinoamericanos, no es causa de vergüenza sino de aceptación y orgullo, un ejemplo digno de copiar, pues si uno se acepta y se ama como es, lo vence TODO.

 También depende de las etnias, pues no es lo mismo el ideal de belleza, la estatura y formas que existen en un grupo social y etnia. Así, una africana de largas piernas y nalgas prominentes, así como un africano de cuerpo que se asemeja a una espiga va a distar mucho del promedio asiático, de cuerpo más pequeño y sólido. O como los latinoamericanos, pero he aquí que el mestizaje y la fusión de culturas hacen que en nuestro continente compartamos elementos de cada etnia de la  que somos originarios: indígenas, europeo nórdico o mediterráneo, cercano oriente y africano.

 Nuestra América era el ejemplo de una simbiosis de culturas y pueblos distintos que se unieron sin más y se adaptaron al suelo que les tocó vivir o donde nacieron.

 Pero Europa no es un continente de inmigración, o no lo era. Típicamente era tierra de emigrantes: víctimas de las persecuciones políticas y las guerras, como España o los judíos europeos; víctimas de la hambruna y faltas de oportunidades económicas, como muchos alemanes, escandinavos, portugueses, irlandeses, italianos, griegos y de Oriente Medio. A esto se le sumaba el deseo de aventura y de establecerse en un continente tan interesante y tan occidental.  El sueño americano.

 Ahora la ola se ha invertido, muchos inmigrantes han enriquecido Europa con sus tradiciones y colores de sus culturas. Así, España y Portugal están llenas de inmigrantes de América Latina y África, sus antiguas colonias. Han llegado con su carga cultural y han asimilado totalmente la cultura ibérica.

 Así, la cantante Mariza, cuya madre es de Mozambique y su padre es portugués, se ha convertido en el icono del fado y en especial del “nuevo fado”, que ha dejado de ser el canto melancólico y de desesperación de las fondas de barrio para incorporar el jazz, las armonías de la guitarra flamenca e instrumentos de percusión, típicos de la cultura africana, como se considera Mariza.

 El fado es un canto melancólico, típico de Portugal y en especial de Lisboa, que habla de amores felices y otros no tantos, tan mediterráneo pero también cerca a nuestro tango,  a quien le unen la nostalgia y las historias de la gente común, que pueblan los barrios de Lisboa y Buenos Aires.

 Así, tuve la oportunidad de escuchar a Mariza en la Filarmonía de Colonia, Alemania. Mariza es una cantante muy sensual y fina. De cuerpo escultural y forma elegante pero visceral de cantar. Al lado del guitarrista, el bajo acústico y la guitarra portuguesa de sonido tan característico del fado, sumó la percusión, que se pudo escuchar en el fado „Barco Negro“, que habla de una mujer coqueta cuyo amor se va en un barco negro y sabe que no va a volver. Precisamente es Barco Negro una evocación a África, el África luso hablante. La forma sensual de bailar de Mariza, sumado a los tambores y cajones hizo vibrar al público de la Filarmónica.

 Luego se sumó un acordeón, instrumento que no es típico del fado pero que está presente en el folklore portugués y que en las canciones de Mariza nos hace pensar en la música celta, pueblo que pobló Portugal y el norte de España, en especial Galicia. También el sonar del acordeón en sus fados nuevos nos hace pensar en Piazzolla y el bandoneón en el nuevo Tango, del que soy amante.

 El concierto terminó con un fado clásico, como con el que abrió el concierto: el fado “Primavera” y que es su fado favorito. Este fado fue popularizado por la gran Amalia Rodrígues, que es para los lisboetas como Gardel para los porteños. Además de los fados tradicionales incorpora el ritmo de samba portuguesa y a veces una canción de bossa nova, como lo hizo en la Filarmonía.

  La parte más emotiva del concierto fue cuando Mariza dialogó con el público, portugueses en su mayoría. Así, cantamos el público presente, estribillos de sus fados alegres, que ella nos hacía repetir. Es increíble la naturalidad con la que esta cantante se relaciona con el público, tranquilidad, sinceridad y amor. Una figura escultural, mezcla de africana y europeo mediterráneo, voz de dos culturas y representante de la música popular portuguesa que evoluciona y se vuelve internacional.

 Así, el público se fue cantando fados como “Ai limao, verde limao, solterinha si, casadinha nao, amor da minha alma, da-me a tua mao”, que nos hacen recordar a nuestras canciones populares jujeñas  como “Naranjitay”.

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