Gustavo Santaolalla recibió  el amanecer en Huacalera

TILCARA. Los motivos para ir a ver la presentación de Gustavo Santaolalla eran muchos y variados: alguno porque recordará un romance ambientado con el latoso sonido de un Winco, y otro porque escuchó sus canciones en alguna guitarreada de sus padres. El éxito de "Ando Rodando" ya es de la década del ochenta, y "Mañanas Campestres", que es diez años anterior, volvió a escucharse gracias a un sketch de Capusoto. Varias películas premiadas con su música y la de un videojuego podrían sumar algunas generaciones más, y acaso lo hicieron. Algunos, seguramente los menos, fueron sólo tentados por esa propuesta de escuchar música desde que sale el sol, en algún lugar como aquellos descampados de Huacalera. Lo cierto es que la propuesta no era menor, y si pudiera no pensarse en aquello que sucedería en el escenario, que fue mucho más que lo prometido, los jóvenes entre las fogatas, los globos de papel volando como en un film de Kurosawa, las sombras de los cardones sobre el horizonte o el tibio de la madrugada que se pierde en el frío del aclarecer, eran otros condimentos más que atendibles.

Llegar como a las 5, cuando se había dado la cita, fue más bien participar de un ritual en el que la música, aunque protagónica, no lo era todo.

Una hilera de cuencos que sonaron como salmodias estelares, fue el inicio de los sonidos. Podríamos agregar que una de las cuenquistas era Carolina Peleritti, cuyos pasos en la música ya conocíamos de algún Tantanakuy junto a Jaime Torres, pero eso es anecdótico.

Quedaron tres músicos en el escenario, que el anfitrión presentó como al Grupo Argentino de Mantras, prorrogando el momento de entonación espiritual tan cercano a la raga como a los cantos ceremoniales de nuestros pueblos. El tiempo entre la primera claridad y el amanecer lo ocuparon las escalas de Inti Raymi, que se superpusieron repitiéndose en centenares de acercamientos similares y flotaban tanto desde los vientos como desde las cuerdas. Participaron de ese otro momento, entre otros, Santaolalla con el ronroco y con el gong, Ricardo Mollo con el ukelele, los vientos celtas de Carlos Nuñez.

El sol tardaba en llegar, y al trepar por sobre el cerro se topó con la única nube que quedaba, pero fue entonces cuando comenzó la primera parte de canciones, y en ella Gustavo Santaolalla compartió con generosidad aquellas que hicieran época, marcando a más de una generación con los discos de vinilo de Arco Iris. "Abre tu mente" fue la primera. Hubo sonido beat, melodías casi del Club del Clan como "Quién es esa chica", el toque trovadoresco de "Y una flor", la primera que grabara con esa banda, Zamba, aquella pieza enraizada en nuestros sonidos que le valió, en su época, el rechazo de los fundamentalistas del mundo rockero, y la "Canción de cuna para un niño astronauta". Pasadas ya las ocho, sonaron los primeros acordes rockeros que concordaron con el ánimo de querer levantar ya la jornada, y el público fue rotando, algunos porque debían irse a trabajar y otros porque recién llegaban.

Hubo api y tortillas, hubo empanadas, el mate rodaba generoso, y Santaolalla volvió al escenario para una segunda parte que incluyó las melodías centrales de las películas "Diarios de motocicletas" y "Secreto de la montaña", cuyas bandas sonoras le pertenecen. Hubo canciones nuevas, todas con el sello reconocible de su personalidad tanto en la melodía como en el tema tratado, y uno siempre tenía la certeza de conocerlas aunque fuera la primera vez que las escuchara, porque tienen su sello.

Cuando dijo que debía cantar "una que sepamos todos", recurrió a "Mañanas Campestres", que conmovió tanto a los cuerpos como a las emociones y fue cantada y bailada a la vez. Y, ya sobre el final, nos regaló "Ando Rodando" y "Sudamérica". Lo cierto es que la carrera de Gustavo Santaolalla es tan amplia que alcanzaba para aún haber dejado en el tintero muchas piezas de calidad, y su generosidad quiso repasar tantas en Huacalera, sembradas en los surcos de esa tierra de huertas, durante varias horas de espectáculo.

Hablar de su calidad como músico, de las de sus invitados y de la de su banda puede sonar petulante de nuestra parte. Sabemos que hablamos de un artista excepcional que sabe rodearse de los de su género, impecable en los arreglos, preciso en las improvisaciones y con un buen gusto que se contagia. El resto queda en la memoria de quienes lo vivieron.

 

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