Un verdadero cantor popular y no un "arrimao" al canto

DON JORGE CAFRUNE JUNTO A SU CABALLO.

"Vea m'hijo, lo importante en este camino, siempre será que Ud. sepa distinguir entre los cantores y los arrimaos al canto". Jamás olvidé esa frase que una tarde, hace más de cuarenta años, don Jorge Cafrune me dijo sosteniendo con profunda paciencia un reportaje que me tocó realizarle, cuando hacía mis primeras armas en el periodismo. Muy alto y corpulento, con su bombacha de gaucho, su ancha rastra de monedas brillantes y las alpargatas negras como uniforme, y su barba tupida como distintivo de la fuerte personalidad. Era una nota soñada para quien había trasnochado centenares de guitarreadas en la vida de universidad, admirando al cantor popular y coreando aquellas canciones que hacían soñar chapa de rebeldía y posición de indomable. Ahí estaba el hombre que solamente armado con su guitarra y un patriotismo a prueba de amenazas, andaba de a caballo por su patria, enarbolando las canciones a la par de la bandera.

El "Turco" era un símbolo mayor. Además, era jujeño. Nacido en la finca La Matilde del paraje El Sunchal, en El Carmen, hijo de una familia de origen libanés, desde temprano advirtió su oficio de orejano, y se embarcó en el canto, como simple orejero, como músico autodidacta, empecinado en arrancar de la guitarra todos los sonidos que le transmitía el corazón. Y en su corta, cortísima vida, escaló a puro amor la cuesta de la popularidad. Admirador de aquellos cantores y compositores ilustres, como los uruguayos Alfredo Zitarrosa y Los Olimareños, como José Larralde y Violeta Parra, y los eternos Ariel Ramírez y Atahualpa Yupanqui, los igualó en los escenarios con la música de los jujeños Washington Villagarcía, Justiniano Torres Aparicio y el otro turco José "Yerbita" y Nicolás "el Burro" Lamadrid. En la voz de Cafrune, Jujuy se regodeaba. En su canto fino, fraseado con delicadeza, cobraba altura.

El "Turco", además, fue generoso. Una noche llevó de su mano a debutar en una luna de Cosquín, nada menos que a una ignota, delgadísima y tímida tucumana: Mercedes Sosa. Pero el éxito y el clamor popular, jamás le hicieron dejar de lado sus convicciones. No era un guerrillero, no era un violento, ni siquiera un provocador: Jorge Cafrune simplemente era la voz del pueblo, y como él decía -entre recitando y cantando los versos de "El Orejano"-: "Yo sé que en el pago me tienen idea/ porque a los que mandan no les cabresteo/ porque despreciando los frenos ajenos / sé abrirme camino pa'dir ande quiero". Fue suficiente. Muchas de sus canciones comenzaron a prohibirse, como si de esa manera hubiesen podido prohibir los mensajes. Fue así que donde Jorge Cafrune escaló definitivamente al sitial de los adorados por la gente: ya le había sido fácil disfrutar del halago y el aplauso de un repleto Carneggie Hall, la emblemática sala de conciertos de Manhattan, en Nueva York, cuando en Argentina, llegaba casi en la clandestinidad a cantar para su gente. Hasta Jujuy fue ingrato en un momento. Su familia ya se había traslado a vivir en el barrio 23 de Agosto, en una modesta casa -epicentro de música y recuerdos- al comienzo de la calle Coronel Arias, y en uno de sus regresos a esta ciudad, a pedido de amigos, ofreció un recital a beneficio en la plaza de Ciudad de Nieva. El cantor cumplió, subido a un escenario improvisado en un acoplado, desgranó su mejor repertorio delante de apenas un centenar de vecinos que desafiaron al temor y a los ojos escrutadores de los controles. Pero Cafrune ya estaba más allá de las insignificancias.

En enero de 1978 anunció que iría desde Buenos Aires a Yapeyú, a rendir homenaje al general José de San Martín, llevando a la tierra natal del Padre de la Patria una urna con tierra de Boulogne-sur-Mer, lugar de su fallecimiento. Era otro capítulo de sus giras "De a Caballo y por mi Patria", proyecto que le permitió abrazarse con su gente y multiplicar la popularidad y el afecto mutuo, pero que lo habían dejado al borde de la crisis económica. Montaba su magnífico caballo blanco, cuando cerca de la medianoche, un rastrojero conducido por un joven de 19 años que se dijo ebrio, lo embistió. Cafrune cayó debajo del caballo y el animal, herido y asustado al tratar de pararse, pisó al cantor y le destrozó las costillas provocándole hemorragias internas que en las primeras horas del 1 de febrero determinaron su muerte. El gobierno militar del momento no ocultó la satisfacción por la muerte del artista que nunca había podido ni doblegar ni callar. Hasta se dijo que el accidente no había sido tal, sino un asesinato programado. El joven borracho era hijo de un hombre que había trabajado con el gobierno a las órdenes del exministro José López Rega, y luego de un coronel que sentía una particular animadversión por Cafrune. Los nombres de estos oscuros protagonistas se conocen, pero ni merecen ser mencionados a la par del ilustre cantor popular, que ya trascendió los límites de la vida terrenal. Las investigaciones oficiales concluyeron en la teoría del accidente. Y se debe dar la derecha a la definición de su hija Yamila: "Creo que fue un accidente de tránsito, dijo, pero los militares lo usaron para vanagloriarse de su poder".

Pero todo eso ya fue. 40 años después, Jorge Cafrune sigue cantando. Sigue siendo ejemplo. Su voz se sigue autodefiniendo casi como un peronista clásico, y "ojo ¿eh?", nacionalista, con "c" no con "z". Se lo sigue escuchando con unción y cariño cantando "Zamba de mi Esperanza", "La Umpa", "El Orejano", "Zambita pa" don Rosendo", "La huanchaqueña", "Virgen Morenita", "Pato Sirirí", "Zamba de los Mineros" y las "Coplas del payador perseguido", entre tantos otros éxitos. El "Turco" que llevó a Jujuy y a su patria en la voz y en el alma sigue creciendo entre los máximos exponentes del cancionero popular. Y desde la eternidad seguirá justificando la definición de ilustre de la humanidad, el chileno Pablo Neruda cuando sentenció: "Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera".

 

 

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