Se está presentando  "La ira de Narciso"

Nadie mejor que Sergio Blanco, el dramaturgo uruguayo radicado en Francia, para diseñar una obra como ‘La ira de Narciso‘, una suerte de thriller en tiempo presente que con actuación de Gerardo Otero y dirección de Corina Fiorillo se puede disfrutar en Timbre 4 de la Capital Federal, los jueves y viernes a las 20.30.

Fiorillo -Premio ACE de Oro 2016- dirigió tambiÚn la exitosa ‘Tebas Land‘, donde Blanco se ponía a sí mismo como eje de la acción, cosa que vuelve a suceder en este unipersonal que aprovecha varios presupuestos del posdramatismo y se apoya sobre un relato que bien podría quedar en la literatura sin perder potencia.

Esos recursos consisten en una entrada de Otero como actor, en la que relata al público su relación a distancia con Blanco, escritor consagrado que se encuentra en la ciudad eslovena de Liubliana, invitado a dictar una clase magistral sobre el mito de Narciso, personaje que es un emblema de la admiración por sí mismo y que, como se sabe, no termina bien.

El autor no tiene empacho en mostrar su enorme egolatría ni tampoco en ser explícito en los detalles de su estadía acadÚmica con su llegada al hotel, sus ceremonias privadas, su deslumbramiento con un amante lugareño con el que establece una relación por lo menos tortuosa, así como hechos misteriosos en la habitación que le destinan.

‘La ira...‘ es finalmente un relato circular que parece abrevar en ‘Continuidad de los parques‘, de Julio Cortázar, que se alimenta de los preparativos de la conferencia y la cotidianidad del invisible personaje-

autor, de su obsesión por las piezas fósiles de un museo y por la andanada de sexo desorbitado y las conversaciones telefónicas insensatas con su madre con AlzhÚimer más la infinita soledad que devela el sujeto.

Por sus características esta obra es de esas que bien podrían transmitirse por radio y ser entendidas, a la vez que se transforman en un desafío para un director y un intÚrprete porque de un relato literario hay que armar un espectáculo con escenografía, vestuario, movimiento, sonidos, luces, música -en este caso la Suite para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach- y en este casi la cosa resulta inmejorable.

La directora, que tambiÚn montó aquella pieza, logra que el relato mayormente exterior en la anÚcdota -el autor narra desde otro sitio geográfico- impregne ese escenario del barrio de Almagro de presencias virtuales y convence a la platea de que ese ámbito desde el que declama Otero es en verdad una habitación de hotel en una ciudad centroeuropea.

Con una efectiva escenografía de Gonzalo Córdoba EstÚvez y las certeras luces de Ricardo Sica, hay tambiÚn proyecciones sobre un par de pantallas (de Francisco Castro Pizzo) y Fiorillo redondea un trabajo en el que queda flotando la pregunta acerca de cuánto de Otero y cuánto de Blanco hay en ese fantasma que surca el escenario. (TÚlam)

 

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