Rescatar, salvaguardar y difundir nuestro patrimonio teatral implica recuperar prácticas, tradiciones, testimonios, documentación y generar pensamiento sobre las teatralidades que nos son propias, configurando epistemologías decolonizadoras de aquellas que instalaron cánones foráneos en los que difícilmente reconocemos nuestras identidades culturales. Hemos registrado en varias ocasiones que el teatro jujeño padece discontinuidad en la transferencia de saberes, conocimientos y prácticas que lesionan la salvaguarda de nuestros patrimonios teatrales. Andrés Fidalgo escribía: “En cuanto a la actividad teatral en el ámbito jujeño, es muy poco lo que puede verificarse hasta finales del siglo XIX. Inciden para ello la escasez de bibliotecas públicas y de archivos; insuficiencias de los registros y ordenamientos, pérdidas o claras sustracciones de documentos. Hay personas de quienes se sabe que las tienen, pero que ocultan o retacean su difusión, a la espera de utilizarlos en provecho propio (intelectual o material). Y así permanecen, sin llenar su cometido de contribuir al conocimiento general”. (Fidalgo: 1995:16) Veintitrés años después de esta declaración, la situación descrita no se modificó. El patrimonio teatral continúa siendo el talón de Aquiles de las políticas públicas para el teatro y los pocos intentos privados, como el Centro de Documentación Teatral que promuevo, enfrentan los mismos inconvenientes que detalló Fidalgo.

Más allá de estas continuidades históricas en el estado del arte, otra gran discusión atiende a la conformación de epistemologías propias. Muchos presentan al carácter liminar del teatro, es decir, a su frontera difusa con otras expresiones de la representación y del espectáculo, como un rasgo de la teatralidad contemporánea. Sin embargo, en rigor, la teatralidad puede rastrearse en múltiples expresiones y prácticas ligadas desde el origen del humanidad al mito, el rito, la ceremonia, la representación y el espectáculo. Cecilia Hopkins sostiene que “ […] se sabe que en todos los antiguos rituales existieron rasgos teatrales. Hubo en todos ellos objetos y vestuarios simbólicos, así como la elección de un tiempo y un espacio que fueron considerados sagrados” (Hopkins:2008:11-12). Y, Beatriz Seibel advierte que el arte circense de hoy puede rastrearse desde tiempos remotos en los rituales de los cinco continentes, porque la unión de la danza, la palabra y la música que caracteriza a los ritos, está en el origen del circo, así como la unidad de opuestos. (Seibel: 2005:9). En conclusión, teatro, circo, mito, rito, ceremonia, representación y espectáculo parecieran ligarse a un magma creativo presente en todas las civilizaciones y culturas, donde se gestan, en función de las propias características geoculturales, sus particulares expresiones. ¿Cómo pensar y recuperar los orígenes del teatro jujeño desde esta perspectiva descentralizada, decolonizadora, abierta y holística? César Brie proponía que los pueblos originarios de las regiones andinas, probablemente, no hayan practicado un teatro de la representación, en función de la gran cantidad de ritos que tenían, los cuales cubrieron las necesidades de identificación. Con tal motivo, Brie sugiere que “[..] Cada momento de la vida individual y comunitaria tenía su ritual. Había fiestas y holocaustos. Se sacrificaban vidas humanas al Sol. El teatro, como hoy lo concebimos, comienza a existir cuando estos momentos, y las representaciones rituales conectadas a ellos se apagan.” (Hopkins:2008:12) Desde esta perspectiva el nacimiento del teatro jujeño estaría signado desde el origen de los tiempos a ese magma creativo presente en todas las civilizaciones y culturas y, quizá, la discontinuidad de la transferencia en los saberes, conocimientos, prácticas y expresiones teatrales se presenta como una consecuencia de ese “apagón” que supuso la colonización española, pero también de aquella otra colonización cultural que suavemente instala cánones que no corresponden a nuestras culturas ni expresiones,  que consolidó la expulsión de nuestras teatralidades de las historias del arte, en virtud de la inadecuación de las mismas respecto al canon. Por lo tanto, expurgar al canon, desacralizarlo para indagar en una historia de nuestro teatro que realmente identifique, comprenda y desarrolle nuestras expresiones genuinas resulta una tarea urgente y necesaria. En este sentido, el trabajo de algunos de nuestros creadores teatrales jujeños, que desarrollaron expresiones con lenguajes escénicos vinculados a su propia identidad cultural, se presenta como un hilo rojo, un conector de vasos comunicantes invisibles en las historias del teatro y, sin embargo, es ahí donde podemos rastrear el legado invalorable de continuidad, rescate y preservación del patrimonio teatral provincial. 

 

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