Último fin de semana de pachamamas

TILCARA (corresponsal) Se termina el mes y hay que cumplir con la Pachamama, que no es cosa menor. El perfume de la koa se esparce por doquier, los cabellos lucen enflorados con papel picado, algunas miradas se nos cruzan alegres. Quedan pocos días y se amuchan las invitaciones.

En medio, la evocación del Éxodo. Los contrastes con que juega la historia trajeron estos días del exilio masivo, del irse por causa de la guerra, para los mismos tiempos del año en que nos arrodillamos ante el hoyo en el que le damos de comer. Se quemaron las cosechas, se queman en la evocación también, cuando se agradecen los frutos de la tierra. Irse y pertenecer a la vez, toda una metáfora.

En tanto, la imagen repetida pero entrañable: la gente se arrodilla ante la boca de la Pacha. Eso sólo bastaría. Aquel que señorea sobre la Creación, se sabe hijo de ella y la alimenta. Saberlo cada agosto, repetirlo cada año, nos hace olvidar la profundidad del gesto. Cuando un turista se acerca a una pachamama, lo ve en toda esa dimensión asombrosa y entrañable, y es porque la ve por primera vez.

Si adquiriéramos todo el tamaño de eso de andar corpachándole, acaso el mundo sería distinto. Las guerras, como la que nos impulsó al Éxodo, no nos dolerían tan sólo por las vidas que se truncan sino por estarla dañando a la Madre Tierra. Nuestra región, en tanto, no sólo tiene la riqueza de su suelo y su subsuelo, sino aquella que brota del gesto de amarla, venerarla, agradecerle y atreverse a pedirle.

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