Rodolfo Pacheco, la celebración del actor

Hace tiempo que quería ver actuar a Rodolfo Pacheco, más allá de Hamlet y de Elena Bossi. Hay cierta caminada de un hombre, cierta mirada, que nos permiten intuir la madurez de un artista aun cuando no esté en escena y, en escena, Bailemos sobre las cenizas empieza por no parecer demasiado una obra de teatro.

Rodolfo Pacheco conversa con el público sobre Hamlet, nos cuenta su trama fingiendo ignorar que la conocemos, y de algún modo se regocija porque la verdad es que ignoramos si aquello ya es la obra, el texto de Elena Bossi, o si en algún momento gritará para romper la intimidad, invitará a bailar a alguna señora para ponerla incómoda, hará un chiste o es que ya estamos inmersos en la trama.

En algún momento la voz sube apenas los peldaños de la impostación, pero son sus ojos, temiendo a alguien por detrás pero disimulándolo, quienes nos tranquilizan: ya estamos en la obra, ya empiezan a suceder las cosas que conocemos, porque Pacheco no puede ignorar que quienes entraron a una sala que anunciaba a Hamlet, aunque sea para bailar sobre sus cenizas, conocen la trama.

Pero la trama, sencillamente, no existe, y como en esos thrillers de William Burroughs, estamos seguros de que la entonación y la palabra dicen hechos, pero somos incapaces de encontrarlos. No hay, por ello mismo, un desenlace sino un punto, y en medio la madurez de un actor que prefiere en todos los casos no exagerar, que acaso nos sorprende con un grito, que puede cambiar la línea del discurso casi sin que lo notemos, que actúa con los pies, con la textura de las manos, con el modo de no abrocharse el saco.

Durante la obra, el texto de Elena Bossi lo invita a dialogar con el público, con los personajes de Hamlet, con su familia como si fuera Hamlet y como si fuera Rodolfo Pacheco, el actor, con Dios y con la actualidad circunstancial de nuestra patria. Pero tampoco el texto exagera. Retoma temas de William Shakespeare pero al modo de Pierre Menard: diciéndolos en su siglo y en los sucesivos, escuchándolos como cada hombre que lo hizo desde que se escribieran.

Alguna vez, leyendo La Macumba De Don Juan, de Claude Demarigny, me sorprendió la convocatoria de un ritual africano para que los personajes del gran arte español encarnaran en los actores. Muchos años después, al ver el Hamlet de Bossi por Pacheco, sentí lo mismo cuando las illas llaman al alma del padre muerto para comprensión del hijo, y entonces el actor nos mira a los ojos y nos pregunta si nos decepcionó la obra, una nueva ironía porque sabe que estamos satisfechos.

Para quien gusta de los clásicos y para quienes le piden al artista que repita las viejas canciones conocidas, no está ausente la calavera, el ser o no ser, la maravillosa obra que es el hombre, los sinsabores del poder, los reclamos a una madre infiel y a un padre asesinado y la misma muerte que, aunque no mata, se la nombra con ese respeto que se le va ganando con la madurez.

Por mi parte, me saqué las ganas de ver actuar a Rodolfo Pacheco, en la noche de un martes a las puertas de la Pachamama, con un frío intenso, en la sala Barbarita Cruz. Lo vi sostener una obra que no muchos actores podrían realizar, desechando las exageraciones para basarse en el rico recurso de la economía. Cuando la vean en cartel, recomiendo no dejar de entrar a la sala porque lo valen Bossi, Hamlet y, sobre todo, Pacheco.

 

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