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Ámbitos de aprendizaje del saber teatral

El teatro nació como práctica simbólica, ritual y ceremonial compartida en comunidad. Los iniciados en esta práctica recolectaban saberes de maestros instruidos en el oficio. Con el paso de los siglos, la teatralidad se insertó en un proceso global de desacralización y la espectacularidad fue ganando terreno en la escena. Paralelamente, el oficio teatral - diversificado en prácticas vinculadas a modos de organización de la compañía, disciplinas y temas – se complejizó. Los cómicos de la legua, por ejemplo, asumían diversos perfiles: bululú, ñaque, gangarilla, cambaleo, compañía garnacha, bojiganga y farándula. El oficio se aprendía entonces por transferencia del maestro y práctica progresiva. Los cómicos “egresaban” cuando el maestro disponía.

La llegada de la revolución industrial y las luchas sociales por los derechos laborales también impactaron en la profesionalización de los hacedores teatrales. Desde el siglo XIX, al menos en España, el Gremio del Espectáculo emitía las licencias para ejercer el oficio. Es decir, la única instancia de legitimación posible - fuera del reconocimiento del público- la otorgaban los maestros sindicalizados.

Poco sabemos sobre la teatralidad latinoamericana precolonial, porque como hemos señalado en muchas ocasiones la historiografía teatral argentina suele coincidir con esta sentencia de Luis Ordaz: “El vasto territorio que hoy compone la República Argentina, el teatro, tal como lo entendemos, arriba con los conquistadores y misioneros de la colonización” (Ordaz: 1999:11)

Una de las grandes deudas que tenemos para con nuestro teatro es justamente la emancipación de la historiografía y teoría teatral occidental, la búsqueda de nuestras propias tradiciones e identidades teatrales. Con la motivo, resulta urgente la formación de recursos humanos especializados en teoría, historia y práctica teatral, con capacidad, competencias y financiamiento al servicio de la investigación, el desarrollo de nuevo conocimiento, la innovación  y la promoción de nuestros recursos culturales. No es posible comprendernos como diversos culturales, emanciparnos y decolonizar los relatos legitimados sin el rescate, salvaguardia y promoción de nuestras identidades históricas y sus prácticas sociales.

El teatro es eminentemente una práctica social y, por tanto, existió, existe y existirá como expresión de las culturas de nuestro territorio. “El Teatro pertenece al pueblo, emana de él y su función es llegar a sus oídos. Luchemos por un teatro popular del pueblo y para el pueblo”. Francisco Algora, La insurrección de los cómicos.

La Universidad es un espacio idóneo para la formación de profesionales que cumplan con esta función primordial. La oferta académica teatral en nuestras universidades públicas es muy reciente. Los estudios de posgrado en teatro siguen siendo insuficientes, bastante homogéneos en sus curriculas y perspectivas epistemológicas. Jujuy, una provincia con una historia y tradición teatral maravillosamente rica y diversa, no cuenta con oferta académica de este tipo y la investigación en este campo es notablemente exigua.

Las Universidades Públicas han sido noticia durante las últimas semanas, debido al reclamo por el recorte presupuestario que opera el Gobierno Nacional de manera encubierta, es decir, postergando la erogación de pagos a las Universidades Públicas en un contexto de subida espectacular del dólar y de gastos corrientes como la luz, el gas y el agua. Además, no se resuelve la paritaria docente. La investigación dejó de ser una bandera de la ciencia y técnica Argentina. Aún así, siempre podemos reclamar aquello que está por hacerse. Una Facultad de las Artes, así como un espacio de investigación, desarrollo y promoción de nuestras teatrales sería muy relevante en una provincia como la nuestra.