En Alemania "el trabajo tiene que ser productivo"

Pablo Christian Aparicio nació en San Salvador de Jujuy pero su niñez y adolescencia transcurrieron en Calilegua, a donde llegó por estos días a pasar las fiestas en familia. Siempre soñó con conocer el mundo y su destino lo llevó una y otra vez a Alemania, donde llegó por primera vez hace veinte años y pudo hacer carrera en investigación en la Universidad de Tübingen, y convertirse en politólogo.

Tiene 43 años y con voz y conceptos claros y a conciencia repasa los aspectos más positivos de la cultura germana a la que se adecuó, y sin temor a la crítica analizó las diferencias con la vida latina, los pros y contras con los que convive pero que le dejaron claro que sigue eligiendo vivir en Alemania. Vive solo en el centro, sin pareja formal y está a gusto en esa ciudad, y juega dos veces a la semana con distintos grupos.

"Soñé con trabajar en Naciones Unidas pero no se cumplió pero me ha permitido llegar a un sitio donde me gano mi pan, que me permite poder volver a la Argentina, visitar a mi familia. Si yo hiciese el trabajo que hago allá en Argentina no podría permitirme viajar dos veces por año a Alemania, y estando allá es siempre sí, eso significa que tengo que seguir allá", explicó Aparicio.

 

Aunque vivió su niñez en Calilegua, estudió en la Escuela Normal de Libertador, su aspiración fue siempre recorrer el mundo y trabajar en la ONU, y supo elegir un país que definió como lo más opuesto a lo que significa América Latina. En principio, la idiosincrasia, le sorprendieron los valores, la rigurosidad en los compromisos, la puntualidad y la sinceridad con que se manejan en el país germano.

Le llamaron la atención el valor primordial que tiene el trabajo y la productividad, y la rigurosidad en como lo dimensionan, que tiene que estar documentado y evaluado, y es que la burocracia a su entender es "brutal". "El trabajo tiene que ser productivo sino no es trabajo", explicó. Una diferencia con la que se topó a nivel cultural fue que el hecho de "comer" para los germanos pasa más por una cuestión "fisiológica" que cultural y comunicativa como en la latina. "Allá también la gente se junta a comer, pero no está tan instalado en la vida cotidiana esto de comer para reunirse, para conversar, para encontrarse. Y ese es un elemento distintivo de las culturas latinas", afirmó.

En el mismo sentido también le llamó la atención la relación "minimalista" de familia, donde los jóvenes se van de casa rápidamente, se ven poco. Lo que no le gusta de la cultura alemana es "el desapego en la familia, y el individualismo". En cambio, lo que a Pablo le gusta de la cultura alemana son los cambios sociales que son más "procesuales" al igual que los políticos y económicos, contrastando con América Latina donde todo es vertiginoso, cortoplacista y muy discontinuo.

"Actualmente hay renacimiento de ciertos comportamientos racistas e intolerantes. Desde esta crisis humanitaria que se ha vivido y se sigue viviendo con los refugiados que han llegado de Siria y de África. Hay una reticencia general que se manifiesta en la ebullición de ideas de populismo de derecha o de partidos políticos extremistas que buscan demonizar al otro distinto, para avalar una política excluyente, muy ensimismada que mira al mundo de arriba hacia abajo, y no entiende al mundo como un igual, que necesita, que interactúa, que también tiene potencialidad", afirmó. Dijo que por el contrario, hay una desconfianza generalizada que va negando cualquier instancia de encuentro entre los pueblos y las personas. Pese a ello dijo que no se puede generalizar, que hay una corriente crítica.

Su libro en su pueblo

Además de su prolífica carrera como investigador y actualmente politólogo, Pablo tiene planeado presentar su tercer libro de poesías, del que aún no reveló el título, y será en el Centro de Visitantes Ledesma en el mes de julio. Ya tiene publicados dos, "Palabras como grito" y "Certeza de mí", y en esta ocasión volverá a su pueblo de crianza con su hijo Tim, de 12 años. Será su segunda visita, ya que sigue eligiendo vivir en Alemania y desarrollarse allá, lo que le permite ver a los suyos dos veces al año. Suele traer regalos y volver con productos argentinos para disfrutar y obsequiar a su familia, padres Saúl Aparicio y Daniela Estela Castillo de Aparicio y tres hermanas, una melliza, y amigos.

Carrera académica

Llegó en 1998 por primera vez a Alemania de la mano de una novia alemana que conoció en Perú, y se quedó 6 meses aprendiendo el idioma. Por entonces ya era profesor universitario en Ciencias de la Educación y volvió en 1999 con una beca de investigación del gobierno de Salta, donde estudió.
Investigó sobre la “transición de jóvenes desde el sistema educativo al sistema de trabajo, que lo que aprovechó sus conocimientos haciendo un paralelismo entre la realidad alemana y argentina en ese sentido, centrado fundamentalmente con sectores vulnerables”.

En 2000 vivió en Santiago de Chile donde trabajó en Naciones Unidas.
Ese mismo y hasta 2004 hizo el doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad de Tübingen. En enero del 2005 se fue a Montevideo, Uruguay, para trabajar en la Organización Internacional del Trabajo (OIT), donde hizo una investigación sobre políticas de formación juvenil. Volvió a Alemania en julio de 2005 para comenzar a trabajar en la Universidad de Tübingen como docente de grado. En 2007 su rol de investigador lo llevó a la Universidad de Salamanca, España, donde fue profesor de posgrado. En 2012 volvió nuevamente a Alemania.

Mirada crítica

En esta visita a Calilegua, el pueblo de su niñez, Pablo Christian Aparicio tuvo tiempo de compartir y recorrerlo. Verbalizar sobre cómo se siente volver lo sintetizó en encontrarse “dividido”. “Por una parte son fortísimos los afectos que me unen y me vuelven a vincular con este espacio geográfico, que es afectivo, de propia historia donde viví los primeros 17 años de mi vida. Por otra parte, me siento devastado porque miro un pueblo destrozado, con sus calles en ruinas, con una seguridad en decadencia, con una ausencia política del gobierno local total, y un abandono desmesurado de las personas grandes”, explicó.
Dijo esto porque sus padres, como otros habitantes, no tienen la posibilidad de transitar por esas calles destruidas por pozos, la cantidad de perros callejeros que amenazan o muerden, y sobre todo por la delincuencia que ha crecido, que estimó denota cierta negligencia local. “Me voy con dolor porque veo el deterioro progresivo de este lugar, y la verdad que esta situación no la merecemos nosotros ni las generaciones que han apostado a quedarse en este lugar”, finalizó.

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