El universo maravilloso de la artista Cecilia Espinoza

Con el título de "Soy Selva", Cecilia Espinoza empieza ya a jugar con su particular propuesta de mutación de significados presentes en "Culturarte" hasta el 30 de octubre. Su trazo minimalista le alcanza para expresarse en una muestra que tiene sabor autorreferencial, plagada de espacios vacíos, y eso que hasta entrar a sus salas el espectador pudiera asegurar que la idea de lo selvático remite a lo exuberante, a lo barroco.

Pese a lo abierto de su obra, pese al blanco y negro predominante casi tanto como para subrayar la ausencia del verde que le prejuzgamos a la selva, al recorrerla tenemos la certeza de que allí no hay ninguna falsedad. Y si acaso es ironía, humor fino, lo es en el sentido en que el arte es capaz de presentarnos cierta esencialidad que no fuimos capaces de ver a simple vista.

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La planta baja de "Culturarte" se abre blanca pero pronto sentimos que es casi tan abigarrada como lo pudiera ser la selva, y lo blanco es entonces un entorno que envuelve. Al comienzo: un niño alado, suerte de mariposa o feto en un útero que lo contiene todo. Tiene apenas tatuado lo vegetal en las piernas, pero no hay color sino su ausencia, el trazo negro, sobre esa síntesis de colores que es el blanco.

Unas líneas casi eléctricas lo unen nutricias a una muñeca maternal, pero antes que ella la otra mutación que nos propone "Soy Selva", porque el trazo abandona la bidimensión de la pared para ser los cabellos de la mujer. Vemos, con asombro, que no se alimenta de su útero sino de su cabeza. La misma mujer, la muñeca, aunque podamos seguir pensando que es la madre, lo mira sin embargo pequeña ante la enormidad del niño.

Las reglas del juego parecen establecidas. No hay la menor posibilidad de que aquello parezca una desproporción, sino que tiene el sabor del más llano naturalismo, y sobre la pared no sólo el trazo del dibujo claro y bello de Cecilia Espinoza, sino las sombras con igual derecho a protagonismo: las sombras de la muñeca y sus cabellos, de las telas dibujadas que penden como ropa tendida, como banderines de una kermese mágica.

En esas telas nos dan pautas de esa mujer-madre-pequeña que mira al niño-enorme-alado: la mujer encinta volando, la mujer (cuyos cabellos se transforman en peces que resumen al río) amamantando, el niño durmiendo tranquilo en una telaraña que no nos hace pensar en el peligro sino en la protección, las piernas de la mujer con los mismos tatuajes vegetales que el hijo y lana negra como al azar sobre la tanza que sostiene las telas.

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La selva pareciera ser ya esa nutriente gestadora que, como en la vida, es también sexualidad. Previendo otro juego de escondidas, nos atajamos antes de decir si la sexualidad y lo nutriente simbolizan a la selva o es a la inversa, y los cabellos de una mujer-muñeca echada a contramuro de la entrada, terminan por escribir en la pared: "nacida reina".

En el centro la mujer-muñeca está desnuda. No quiere parecer gente sino que persiste en su ser muñeca, pero quiere leer un libro que pende del techo, y que sin embargo está cerrado. Sus cabellos no son aquí ni peces ni cordón umbilical, sino una noche que se alza, que se extiende como ameba, que se echa al suelo para acabar en otro libro también cerrado.

Dicen que los sueños se construyen al despertar, pero la oniria de "Soy Selva" está a flor de piel. Es, siempre, como la vegetabilidad de la selva. Podría seguir enumerando las composiciones, en las que siempre la mujer-muñeca, en su sexualidad nutriente, nos deja la certeza de ser feliz. Creo que esa sensación de sonrisa es una de las características de la muestra.

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No quisiera dejar de mencionar, del entrepiso, las peceras con dibujos. En sus cristales se reflejan los dibujos de las telas que cuelgan, donde la sexualidad de la mujer que ya no es muñeca sino dibujo extasiado, se entrelaza con animales que pertenecen a la selva sin abandonar el blanco y negro: tapires, serpientes, felinos. Los cabellos, en los dibujos, tienen lo de vegetal que, en esos mismos dibujos, está ausente de los tatuajes de sus piernas.

Sin ser simétrica sino expansiva, la muestra de Cecilia Espinoza es sin embargo precisamente simétrica: lo frondoso que está en el cabello no está en el cuerpo, el placer se da en el contacto de seres que no son similares, la desnudez y el reflejo se conjugan. Visitar "Soy Selva" es, gratificante, a sola condición de que los significados se permitan librarse de la razón.

 

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