A 36 años de la partida del padre Tarcisio Rubín

Corría el mes de octubre de 1983, cuando el misionero migrante Tarcisio Rubín, pese a la dolencia que padecía, cumplió su deseo de volver a Jujuy para compartir con los zafreros el tiempo de la molienda y administrar los sacramentos en los diferentes lotes azucareros. Viajó desde Córdoba y estando ya en San Pedro de Jujuy tomó conocimiento de que el padre Laudino Cano estaba de viaje y no había sacerdote para oficiar la misa en las fiestas patronales de San Francisco de Valle Grande. Desde el kiosco, ubicado frente al templo matriz de esta ciudad, la señorita Nelly Carral le preparó lo mínimo que siempre llevaba para la celebración litúrgica y partió rumbo a Libertador General San Martín, sin recibir asistencia médica.

Luego de celebrar una misa en el templo Sagrado Corazón de Jesús, se acercó a una comisaría y saber el estado del camino para llegar a San Francisco y buscó a un amigo para que lo llevara en la madrugada del domingo 2. Al llegar a aquella localidad, pese al pedido que le hizo la gente para que se quedara, expresó su deseo de subir hasta Alto Calilegua a visitar a aquellas familias y comenzó a caminar por el difícil y empinado sendero de herradura. Luego de perderse en el serpenteante y esmeralda paisaje, retomó el camino y al enterarse de que un curita con barba blanca subía al Alto, la directora de la escuela y varios niños bajaron a su encuentro. Al caer la tarde, el padre Tarcisio se encontró con el aquel paisaje que enamoraba su alma, allí donde el verde se confunde con el limpio azul del cielo y donde vuela libre, en perfecta armonía con la naturaleza, el cóndor de las alturas. En la noche celebró la que sería, su última misa, y se retiró a descansar, no aceptó una cama que le fue ofrecida, quiso dormir en la capilla, allí le pusieron un cuerito para que lo hiciera.

En la mañana del lunes 3 de octubre los niños fueron a despertarlo y lo encontraron muerto a los pies del altar y delante del Santísimo. Allí se quedó, rodeado de familias humildes. Eligió el silencio para entregar a Dios su alma solitaria, impregnada de amor hacia los más humildes, de profunda caridad cristiana, desprendida de todo lo terrenal. Allí se quedó Tarcisio, el misionero de sotana raída, de sandalias de caucho y cuero, el misionero de barba blanca y una profunda mirada azul que irradiaba santidad.

Por su modelo de vida, por su ejemplo de entrega a los pobres y necesitados, por su vida de santidad, muchos se sintieron motivados para pedir que se iniciara la causa del proceso pidiendo su beatificación y luego de recabar testimonios y todo lo requerido, la documentación de la causa pidiendo su beatificación ya fue entregada al Vaticano. El padre Tarcisio Rubín podría convertirse en el primer santo en tierra jujeña.

Su vida

El padre Tarcisio Rubín nació el 6 de mayo de 1929 en el pueblo de Loreggia, provincia de Padua, Italia y ordenado sacerdote, el 21 de marzo de 1953. Comenzó así su tarea apostólica como sacerdote misionero en distintas comunidades de Italia, desarrollando también servicios de orientador vocacional y profesor en los seminarios scalabrinianos de su país.

El 9 de abril de 1974, llegó a la Argentina, sin más equipaje que su devoción a los pobres y el evangelio de amor al Cristo sufriente de la cruz, pródiga de misericordia.

En 1975, Dios guió sus pasos hacia el Norte argentino, convivió con humildes trabajadores golondrinas y conoció sus miserias como ninguno, durmiendo en el piso húmedo de los galpones, envuelto apenas en un poncho. Fue figura preponderante en el establecimiento y organización de los misioneros scalabrinianos en la ciudad de San Pedro de Jujuy, desde donde se canalizaron las actividades tendientes a la atención de los migrantes de toda la zona.

Sus restos descansan en la Capilla del Cementerio Cristo Rey de San Pedro de Jujuy.

Beatificación

Al conmemorarse el 25º aniversario del fallecimiento del misionero, en importante anuncio, el entonces titular de la Diócesis de Jujuy, monseñor Marcelo Palentini, dio a conocer la firma del reconocimiento para el seguimiento de la causa de beatificación del misionero scalabriniano Tarcisio Rubín, acotando que se remitieron documentales a la Santa Sede, a efectos de que permita efectuar y se reconozcan los trabajos previos para presentar dicha causa.
Dicha documentación fue entregada y obra en poder del Vaticano.

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