¿Por qué postergamos?

Algunas personas presentan una persistente tendencia a postergar aquello que deberían realizar en el momento presente. Bajo excusas tales como “mejor lo hago mañana” o “empiezo la dieta el lunes”, demoran una acción que les demanda cierto esfuerzo y cuyos resultados resolverían una situación determinada, en pos de un supuesto alivio inmediato otorgado por el aplazamiento. Sin embargo, y a pesar de obtener cierto beneficio producto de la postergación, la mayoría de estas personas muestran un alto grado de ansiedad y de disconformidad con respecto a esta actitud. ¿Por qué entonces, a sabiendas del costo emocional que les produce, se empeñan en posponer para mañana lo que podrían comenzar a resolver hoy?

Hay varias respuestas posibles. Una de ellas apunta a lo neurobiológico. Dicen los especialistas en ese campo que en las personas con dichas tendencias, existe una disminución de catecolaminas, sustancias cerebrales relacionadas con la energía vital que son necesarias para poder concretar las acciones y que favorecen la concentración. La reducción a niveles bajo lo normal, además de determinar la causa de esta característica, explicaría el por qué del gran esfuerzo psíquico que demanda cualquier acción por más simple que parezca. Sin embargo, los neurobiólogos reconocen la existencia de factores psicológicos que pueden actuar como causantes de esta modificación de la química cerebral.

El Psicoanálisis sostiene que la postergación es una característica propia de ciertas personas obsesivas que tienden a demorar la satisfacción que les daría la resolución favorable de un conflicto o la simple culminación de un proyecto, porque no toleran la carga emocional que ella conlleva. Prefieren que esta satisfacción nunca llegue, aunque esto les traiga como consecuencia una gran angustia.

Sin embargo, la Psicología ha podido determinar que “posponer” forma parte de las actitudes de muchas personas que no son obsesivas. Es más, se ha visto que quienes en un momento de la vida habían sido personas de acción, vitales y emprendedoras, en otro caen actúan con desidia e indolencia.

Las características que presentan en común estas personas son una baja tolerancia a la frustración, esto quiere decir que no admiten la presencia de la mínima dificultad en el camino de la concreción de sus objetivos, por lo que los abandonan, o, simplemente, ni los comienzan. La promesa de “hacerlo después” se transforma en una excusa para lo que no harán nunca.

También se observa que son proclives a desvalorizar aquello que les demanda esfuerzo porque están en la búsqueda constante del placer inmediato, entonces posponen lo que les produciría un gran beneficio a largo plazo para evitar hacer lo que suelen llamar “sacrificios”.

Pero esta actitud igual trae insatisfacción. ¿Por qué? Porque la persona sabe que está autoengañándose. Porque, como dijimos, el aplazamiento trae sólo un alivio que no es más que una ilusión, ya que los verdaderos intereses han sido dejados de lado. ¿Y hasta cuándo se puede sostener una situación así sin que aparezca angustia e insatisfacción? No por mucho tiempo.

Sabemos que para alcanzar los objetivos positivos de vida debemos tener una mente positiva y una actitud de entrega a ellos, lo que implica la aceptación de la propia capacidad para enfrentar las dificultades. La seguridad en uno mismo es un elemento clave para concretar los deseos y los proyectos a mediano y largo plazo. Y para alcanzar esta seguridad primero hay que tomar consciencia de que hay en nosotros un potencial enorme para desarrollar. Y si confiamos en nuestras posibilidades, luego resultará más sencillo aceptar la idea de sortear obstáculos en nuestro camino, pues confiaremos en que podremos hacerlo.

Dar el primer paso para terminar con las postergaciones es el momento más difícil. Pero ver y disfrutar de los beneficios que otorga la concreción de los proyectos albergados hace que este esfuerzo por mejorar nuestra calidad de vida adquiera sentido pleno.

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