Una triste Navidad: la historia de "Pulgoso"

Ya es de público conocimiento el mal que la pirotecnia les hace a gran parte de la población, a las mascotas y al medio ambiente. Por eso, seguir con esa costumbre que mata y daña es un acto maligno que se puede evitar.

Niños con autismo, excombatientes de Malvinas, otras personas con discapacidad, enfermos convalecientes y muchos otros sufren para las fiestas de fin de año. Y por ende, sus respectivas familias.

Y sin contar a las mascotas, que se mueren por paros cardíacos en los brazos de sus dueños o en el peor de los casos mueren sufriendo cuando les estallan estos explosivos en el cuerpo.

Por eso, voy a compartirles una historia para reflexionar:

"De mis primeros meses no les puedo contar mucho, solo recuerdo que antes de aprender a mamar me separaron de mi mamá. Junto a mis hermanitos nos metieron en una caja y nos dejaron tirados por ahí.

Ese ser extraño que piensa, razona, construye y destruye pero que poco sabe de amor y lealtad llamado ser humano me abandonó de chiquito y me separó de mi madre que nunca más volví a ver. La verdad que nunca pude entender por qué lo hizo. De todas formas yo lo perdoné y cada vez que lo veía le hacía saber mi afecto aunque él siempre me despreciaba. Mis hermanos tuvieron más suerte que yo y conocieron a otras personas que eran buenas y los recibieron en su casa.

A mí no me quedó otra que aprender a vivir y rebuscármela en soledad por las calles. Vagabundeando por la ciudad descubrí que ese ser extraño no era tan malo como pensaba, conocí a personas buenas como doña Eva que siempre me dejaba un platito de comida para que coma, uno por día, para mí era un manjar. Me vi obligado a diferenciar a aquellas personas buenas de las malas que nunca faltaban, que me pegaban o me sacaban a escobazos cuando me acercaba a pedirles algo de comida.

Dueño de las calles, recorría barrios, plazas, y conocía a otros amigos que tampoco tenían un hogar como yo. No le temía a casi nada. Digo casi porque había algo a lo que sí le temía, que eran unos estruendos que venían del cielo, perforaban mis oídos y me aturdían. Con el tiempo aprendí que esos estruendos anunciaban que iba a llover, duraban un rato y pasaban. Sólo bastaba con refugiarme bajo un techo que por ahí encontraba para calmarme y después seguir. Un día empecé a notar que esas explosiones ya no anunciaban lluvia, y me empecé a alarmar. Cada vez eran más y cada vez me sentía peor, corría para todos lados, temblaba del pánico y no sabía hacer otra cosa que ladrar porque era mucho el sufrimiento que me provocaban.

Hasta que una noche, que pensé que era como las otras aunque para ser sincero había escuchado esos ruidos varias veces, en mi afán por pasar por la casa de doña María me topé con un grupo de personas que tiraron algo hacia donde yo me encontraba.

Yo pensaba que era un pedazo de pan por eso lo tomé con mi hocico y lo quise comer. Fue un bocado tan extraño que desde ahí ya no recuerdo nada.

Hoy estoy en otro lugar, un tal San Roque me recibió y me trató como nunca me habían tratado.

Ahora tengo alas y cada año salgo a recorrer las calles, tratando de cuidar de mis hermanos para que a ninguno les pase lo mismo".

Hay muchas cosas que antes hacíamos por falta de conocimiento y que dañaban a otras personas, pero ahora que ya las sabemos debemos tomar conciencia y dejar de hacerlas. El uso de la pirotecnia es una de ellas y es importante anular este mal cuanto antes para dejar de provocar tanto sufrimiento en quienes más lo padecen.

Últimas Noticias

Últimas Noticias de opiniones

Últimas Noticias de Edicion Impresa

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Importante ahora

cargando...