Una inspiración para volver a encontrarnos

Por Claudio Avruj, secretario de Derechos Humanos y Pluralismo Cultural de la Nación

"Cuando luego de mucho tiempo, un soldado caído en el campo de batalla es identificado, ese soldado vuelve a casa". Esta frase no me pertenece, la pronunció la periodista Alicia Panero en la última reunión que mantuvimos días atrás en la Secretaría con los familiares del subteniente Juan Domingo Baldini. Allí, les informamos que su cuerpo había sido identificado positivamente y que, como héroe de Malvinas, descansaba a partir de ahora en su tumba ya no bajo la placa "Soldado Argentino Solo Conocido por Dios", sino con su nombre y apellido.

Con Alicia nos conocimos en estos años de mi gestión. Hoy tenemos una relación de respeto mutuo pero los inicios estuvieron marcados por la desconfianza, el enojo y la desazón. Sentimientos genuinos, provocados tras años de frustración, por la desaprensión y el silencio del Estado a lo largo del tiempo. Alicia casi que consagró su vida periodística y de investigación a los Héroes de Malvinas. La vida nos cruzó en el camino y nos dio la oportunidad de entender que, por sobre todas las cosas, nos unía un mismo objetivo: nuestros héroes y sus familias. En eso, no teníamos diferencias. Eran las mismas convicciones, la misma sensibilidad, la misma necesidad de hacer las cosas porque correspondía y porque nos hacía bien llevarlas a cabo de la mejor manera.

Las reuniones con los familiares tienen todas una carga emotiva difícil de explicar en palabras. Aún sabiendo que tenemos una noticia positiva para dar, el clima que cada encuentro propone, los testimonios que se brindan, traer al presente al familiar que ya no está y de quién por décadas se esperó una certeza, son momentos únicos. Por eso, la afirmación de Alicia me impactó y retumbó dentro mío muy fuerte. Por lo que dijo y por cómo lo dijo: con la voz entrecortada, lágrimas en los ojos y su mano sobre la del primo que brindó una de las muestras de ADN que permitió la identificación.

Muchos familiares en las 114 identificaciones anteriores hablaron de lo mismo, incluso en los dos viajes que con ellos hicimos a las Islas Malvinas, en el encuentro con la tumba ya nominada, los que fuimos testigos privilegiados vimos eso: el reencuentro. Y juro que lo admiré y me emocioné compartiendo esas lágrimas.

¿Por qué quiero contar esto? ¿Qué me motiva compartir estas reflexiones con todos? ¿Qué tuvo de especial esta ocasión?. Son tiempos difíciles en la Argentina en donde lo más dramático y cruel es la forma de comunicarnos, de relacionarnos, de destratarnos. A los argentinos nos gusta definirnos como solidarios, amigueros, fraternos, afectuosos. Y es verdad que los somos. Cada uno de nosotros en nuestros mundos íntimos hacemos culto de ello. El armado familiar, el llamado o la visita al amigo sin hora ni día preestablecido, los proyectos compartidos, las acciones conjuntas, son ejemplos constantes de esta cultura que amamos y honramos.

Pero esta realidad de la vida cotidiana, esta forma de ser, que debe contagiarse en todos los ámbitos, se da de bruces con nuestra dinámica en el espacio y en la escena pública. Fundamentalmente, en la política. Y no sólo en sus actores principales que, dicho sea de paso, muchas veces no miden sus consecuencias. Sino también en aquellos que toman partido por unos y otros, encarnando un fanatismo que -como todos- destruye la esencia de lo bueno que tenemos. En la Argentina de hoy, el respeto, el interés común y el afecto desaparecen bruscamente en pos de la falsa verdad asumida que cuanto más agresivo, más duro, más hiriente, más alto se hable, mejor.

¿Quién dijo que la construcción política en democracia debe ser en base a la descalificación del prójimo? ¿El adversario debe ser un enemigo? ¿La mentira es tan buena como la verdad? ¿La palabra empeñada no es un compromiso y desdecirse sin más no tiene consecuencias? ¿Las promesas no deben ser tenidas en cuenta? ¿Las ilusiones que generamos en el otro no tienen valor?.

Hemos aprendido mal. Y nos hemos acostumbrado a que las cosas son así. Tras la 2da. Guerra Mundial, con las lecciones más dramáticas aprendiéndose aún, llegó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que trajo la buena nueva de igualarnos. Tras su llegada, la humanidad supo que ya nadie -en tanto ser humano- es diferente al otro, y que no hay ni habrá supremacías ni jerarquías. Obviamente, la declaración no concluyó con la tarea. Pero significó un paso fundamental hacia la lucha por la conquista de más derechos. Y cada tiempo de nuestras vidas trae consigo nuevas agendas de necesidades insatisfechas y derechos a conquistar. Saber que los logros en este campo no son para un sector, sino que siempre benefician al conjunto social, es la premisa que jamás debemos dejar de lado. Lo hecho en nombre del Derecho Humanitario cumple con estas premisas.

Pero además hay algo para rescatar de lo dicho y es el " volver a casa". Creo profundamente que estamos ya todos cansados, desgastados, hastiados del odio, el prejuicio, la desvalorización, la descalificación, el agravio y el insulto. Es hora en estos días de celebrar la democracia y la república que garantizamos entre todos para volver a casa, y eso implica la grandeza de vernos unos a otros, de reconocernos, de tratarnos bien, de privilegiar el respeto a lo que se piensa y se hace de buena voluntad. Ojalá ese abrazo del alma que vi en Malvinas entre los familiares y sus héroes en el reencuentro, nos inspire. Nos merecemos volver a abrazarnos. Como en el abrazo de vida que nos regaló el retorno a la democracia en 1983, cuando todos nos vimos en el mismo barco y con las mismas ilusiones. Que lo vivido con mis compañeros, nos inspire a todos. Vale la pena. Juro que sí.

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