El Pulso de la Semana
La realidad o el relato: he ahí la cuestión

Es el último lunes del año. No es cuestión de ponernos en pesimistas para intentar una nota recordable. Sin embargo, es bueno el ejercicio del recuerdo, al menos de la memoria reciente, para refrescar sucesos que nos hicieron daño a pesar de las buenas intenciones. La idea es no tropezar de nuevo con la misma piedra. No repetirnos. La carga de responsabilidad más grande, naturalmente está en la clase dirigente. Política, gremial, social, deportiva, etc., etc.

Ese ejercicio, un resumen de mesa de café entre periodistas, nos lleva a recordar: "La casa está en orden" (Raúl Alfonsín); "Síganme, no los voy a defraudar", "Se viene el salariazo", "Estamos mal, pero vamos bien" (Carlos Menem); "Qué lindo es dar buenas noticias" (Fernando De La Rúa); "La Argentina está condenada al éxito" (Eduardo Duhalde); "Decretamos el default para resolver nuestros problemas" (Adolfo Rodríguez Saá); "Cancelar anticipadamente un préstamo del FMI es señal de soberanía" (Néstor Carlos Kirchner); "En Argentina hay menos pobreza que en Alemania" (Aníbal Fernández); "Nos transformamos en pagadores seriales" (Cristina Kirchner); "Vemos la luz al final del túnel" (Gabriela Michetti); "Ya vemos un bosque de brotes verdes" (Nicolás Dujovne); "Todo mejorará desde el próximo semestre" (Dante Sica); "Sin duda, hoy estamos mejor que antes" (Marcos Peña), "Trabajamos para llegar a pobreza cero" (Mauricio Macri). "El ajuste es para poner orden". "El ajuste está sobre los que gastan dólares viajando al exterior" (Alberto Fernández). La apretada síntesis muestra la enorme distancia de la clase política con respecto a los escenarios reales. Y cómo eligen el relato antes que reconocer esa realidad. En el umbral del 2020, no podemos decir que hayan sido malvados, incapaces o mentirosos, de hecho, ninguno lo fue. Por el contrario, han sido talentosas figuras de la democracia, y les debemos mínimamente el homenaje de creer en sus nobles intenciones y su buena fe. Pero hoy deberían reconocer que el divorcio de la realidad era el embrión que incubaba el desastre subsiguiente. ¿Fueron sus deseos de sembrar optimismo? ¿O el recurrente ataque de mitomanía al que son propensos los dirigentes más encumbrados? ¿Fue la tendencia patológica a terminar creyendo sus propias fantasías y fabular para enfrentar la adversidad? ¿O simplemente el deseo naif de ahorrarle un bajón a la gente? Seguramente, un poco de todo. Pero desde el regreso de la democracia hasta este final del 2019, estamos donde empezamos. O quizás peor. ¿Quién tuvo la culpa? Seguro que todos. Desde los que enmascararon lo real, hasta los que nos creímos o aceptamos creer (nadie es ni tan ingenuo ni desinformado) que el maquillaje era lo legítimo y verdadero.

En Jujuy se aquietan los ecos de los fastos democráticos, se cumplieron recambios en el espectro político con su carga de esperanzas y desilusiones, y rige la costumbre de dar un tiempo a los nuevos funcionarios. Recién se están despojando de la aceleración de las campañas y la emoción de las ceremonias. Y recién sus promesas comenzarán a estrellarse contra la realidad que les marcará indefectiblemente qué podrán cumplir y qué quedará pendiente. Los otros, los que ya venían, tienen otro grado de compromiso. Ya se los conoce y se les tomó el pulso de qué son capaces de cumplir. A estos, sin derecho a otra luna de miel, la encrucijada les ofrece dos caminos: aceptar la realidad con la carga de las cadenas y las alas que ellos mismos construyeron, o persistir en el relato sobrevalorando los logros conseguidos y pateando los errores debajo de la alfombra. Aquello merecería el aplauso, esto el reproche general. Las miradas se vuelven, obviamente, al gobernador Gerardo Morales, que ya transita el camino para dejar su cargo el 10 de diciembre del 2023. Hizo mucho en 4 años, es innegable, pero sus grandes anuncios están pendientes, en camino, pero pendientes, ralentizados peligrosamente como consecuencia directa de todo lo que venimos señalando. En la lejana presentación de su plan de gobierno en el 2015, el GM anunció que tenía 168 programas y 364 proyectos a realizar. Y fue claro al decir que los ejes serían el desarrollo humano, la descentralización del gobierno y la institucionalidad. Y desglosó lo prioritario: las zonas francas, en vías de realización igual que diez mil hectáreas para producir marihuana y cannabis medicinal; el sueño del tren de la Quebrada, una quijotada maravillosa; el salvataje definitivo del Ingenio La Esperanza; para salud y educación aseguró inclusión y calidad. En trabajo prometió fortalecer la carrera administrativa y promocionar el empleo joven. Luego el megaproyecto que es la luz de sus ojos: el parque solar de Cauchari, cuya obra está lista para producir energía y dividendos, en cuanto a las obras pendientes -que corresponden a la Nación- permitan que Cammesa nos compre el generoso producto del sol. Habló también de un ambicioso acuerdo estratégico regional del NOA, Chile y Bolivia. Y entre lo más aventurado estuvo el anuncio de construir 20 mil viviendas en cuatro años. Todo lo que prometió era melodioso, y encendía los sueños. Detrás de los temas citados como ejemplo, el amable lector seguramente habrá ido sacando sus propios balances y conclusiones. Hoy el GM opta, quizá sin darse cuenta o alentado por un entorno fanático del "diario de Yrigoyen", en aumentar la entidad del relato, para disimular el frente tormentoso que ya canceló muchos vuelos y demora la salida de otros. Y comunica con gran empeño el optimismo que quiere contagiar. Pero tan grande como el entusiasmo puede ser el desengaño cuando las esperas son demasiado largas o vanas. Si se animase a abandonar el relato, a la franca autocrítica y a marcar una hoja de ruta sin esconder las dificultades (que los jujeños ya conocen con claridad y precisión) seguramente recibiría adhesiones mayores y más sinceras, que lo acompañarían a chapotear el lodazal codo a codo.

El peronismo, por su parte, cree que ya está transitando el camino para volver al gobierno dentro de cuatro años. Y también necesita desprenderse del relato que inventaron para justificar lo injustificable. Desde la época en que abandonó a sus bases para cerrarse en acuerdos de cúpula, con el relato de "evitar la carnicería de las internas", hasta la última elección donde no tuvo más remedio que fingir una unidad monolítica que ni siquiera ellos se creían, el PJ dibujó escenografías en tela y escondió el lado oscuro de los decorados. Aún se ven por todo Jujuy presuntuosos carteles que dicen: "Fulano, zutano o mengano... conducción". ¿A dónde conducían? Terminaron perdiendo el gobierno, atomizándose en decenas de parcelas donde caciquejos más o menos lenguaraces, apostrofaban tonantes destrozándose entre sí, proponían irse del partido, abrir nuevas agrupaciones convencidos de ser capaces nada menos que de refundar al justicialismo. Sin embargo, al PJ la realidad le jugó a favor. El desgaste del Gobierno jujeño, el macrismo en el fondo del barranco, y la mutación del Frente para la Victoria en un Frente de Todos, armaron una ola en Jujuy a la que a duras penas la dirigencia se subió a tiempo. Falta lo más importante: reconocer que aún victoriosos, deben evitar el relato -o los cientos de relatos que cada dirigente tiene a mano- y encarar un sinceramiento que redescubra que para un peronista, aún con sus defectos, no hay nada mejor que otro peronista. De lo contrario, lo que hoy parece fácil convertirá en una carrera de obstáculos que les puede deparar sorpresas indeseadas.

No es esto un elogio del pesimismo. Es una respetuosa invocación a la dirigencia a ejercer el coraje de asumir la realidad. Los jujeños lo van a premiar con entusiasmo. Porque todos ya aprendieron la sentencia de Abraham Lincoln: "Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo, todo el tiempo". FELIZ AÑO NUEVO!