Macri entrega mañana el poder en tiempo y forma

Mauricio Macri le entrega puntualmente mañana bastón y banda presidenciales a Alberto Fernández: será un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la Argentina.

No quedará en los registros como la hazaña del astronauta que contempló por primera vez desde la Luna el espacio ilimitado. Pero en cualquier caso parece un saludable signo de madurez de la democracia argentina conseguir lo que en otras partes es corriente: un traspaso del poder en tiempo y forma entre dos facciones de distinto signo político.

El próximo recambio de inquilinos en la Casa Rosada tendrá, ante todo, la particularidad de ser la primera ocasión, desde el restablecimiento de la democracia, en 1983, que un gobierno no peronista complete la totalidad del mandato para el que fue elegido. Una necesaria contribución a las buenas formas republicanas que adoptó la Nación Argentina para su administración política.

También se inscribe en esa línea de fomento a la institucionalidad, que es algo más que un paquete de leyes (son valores, ideas, creencias), la presencia conjunta del presidente que se va y el presidente que se viene, en la misa de Luján "por la unidad y la paz de los argentinos", convocada por el Episcopado, a instancias de jóvenes dirigentes laicos que acercaron la idea a los obispos.

Macri y Fernández aceptaron la invitación sin reparos ni condicionamiento alguno, para sorpresa aún de la propia Iglesia, que no daba crédito al ver en lo que había devenido aquel modesto proyecto inicial de invitar a "rezar por la clase gobernante" del país. Tampoco pasaron a mayores las incipientes polémicas por la entrega de atributos presidenciales o acerca de quién a quién le tomaría juramento, que con las urgencias del país sonaban absurdas.

Va cayendo así el telón sobre los tiempos de una transición que -en líneas generales- ha resultado impecable; hay que decirlo: con el resultado puesto de las Paso de agosto, anticipando el triunfo del Frente de Todos, no eran muchas las voces que, con las tensiones de aquel momento y las estampidas cotidianas del dolar, creyeran que se llegaría al 10 de diciembre en un clima de relativa tranquilidad.

"Debemos preservar la institucionalidad, y que todo transcurra en paz", apuntó Fernández nomás tuvo la primera señal inequívoca de que alcanzaría la Presidencia. Entonces, Macri, en nombre de la "institucionalidad democrática", dijo "hacerse cargo" de la crisis que vivía el país. Vistos los resultados de la transición, ambos cumplieron con su parte. Ahora arranca el tiempo presidencial de Alberto Fernández, que además de moldear su propio liderazgo, deberá profundizar la calidad institucional de su gobierno, si la intención es -como se supone- colocar a la Argentina entre las naciones más desarrolladas o en camino de serlo.

 

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