Presidente de JP Morgan: “En el país, tanto los ricos como los pobres son cada vez más pobres”

Confía en que “hay salida” para el escenario económico actual de la Argentina siempre que se genere confianza, se renegocie la deuda y se intente reactivar la economía, sin un orden que altere el producto: hace falta hacer todo a la vez. Facundo Gómez Minujín, presidente de JP Morgan Argentina, cree razonable lo que se sabe del “plan Guzmán”, en cuanto a que es posible cerrar un acuerdo con los acreedores antes de marzo de 2020 y convencerlos de que pasen dos años sin cobrar.

Al amparo de la legislación de fomento a la economía del conocimiento, JP Morgan Argentina armó un centro de servicios profesionales para exportar, en su mayoría a Estados Unidos, y ya contrató 2.200 empleados calificados. Y sugiere que cuando se habla de las riquezas argentinas no se mire solo la soja, sino también el talento.

Gómez Minujín confía en el poder que tiene un gobierno nuevo, solo por el hecho de ser nuevo. “Cuando comienza un presidente, tiene a su favor que genera la expectativa de poder hacer cambios. Tiene la hoja en blanco para empezar a hacer cosas. El tema de la deuda es prioritario. Hoy, el estado argentino tiene credibilidad cero desde el punto de vista financiero. Se necesita generar confianza en la economía, como mínimo que el estado te va a devolver los fondos que se están prestando. El otro problema de la Argentina es que no crece desde hace casi 8 años. Es difícil hacer crecer la economía con este nivel de deuda e inflación", aseguró.

— ¿Estabilizar la economía es un requisito para poder crecer o, por el contrario, hay que crecer primero para arreglar lo macro?

— En la situación actual, hay que hacer todo en paralelo. Mi preocupación es que esta idea de entregar $100.000 millones para generar consumo en las clases más desprotegidas, si bien tiene una buena intención, puede fogonear la inflación. Hay que tener cuidado. Otra preocpuacón: los acuerdos de precios en la Argentina han sido poco exitosos, porque los precios suben antes de que se cierren. Está bien poner a todos en la mesa para poner reglas de juego y el único momento para hacerlo es cuando comienza el gobierno. Por eso digo que las cosas van en paralelo: la reactivación, el acuerdo con el FMI, el acuerdo con los privados.

— ¿No hay que acordar con el FMI antes de negociar con los privados?

— Tampoco veo necesario esa idea. Lo positivo es que hay muchos acreedores privados muy importantes que se han acercado al nuevo gobierno con propuestas. Hay que generar una propuesta en común y usar a esos acreedores como inversores ancla.

— ¿Qué otra recomendación haría?

— No defaultear. Llegar a un acuerdo sin haber defaulteado la deuda, porque si lo hacemos se van a acelerar todos los términos. Es más fácil negociar sin caer en incumplimientos que traigan una disrupción aún mayor. Hay que evitar litigios, que no van a ser buenos para ninguna de las partes. Además, los acreedores actuales no tienen el litigio como forma de negocio, como pasó en su momento con los holdouts. Son inversores que han ido perdiendo plata por haber comprado un papel que hoy vale muchísimo menos, sobre todo los que compraron bajo ley extranjera. Hay una posibilidad de negociar en forma amigable y relativamente rápida.

— ¿Se puede, como dice Martín Guzmán, resolver la negociación antes de marzo de 2020?

— No es para nada irrazonable.

— ¿Y que los acreedores acepten dos años sin pagos?

— Entiendo que el nuevo gobierno está pensando en un esquema de pagos netos, que los ingresos y egresos por deuda sean cero al comienzo de su mandato. Creo que eso es viable. El problema de la Argentina no es serio en términos de solvencia, pero podría transformarse en eso a medida que no vaya apareciendo un horizonte de crecimiento y estabilidad.

— ¿La renegociación de la deuda podría fracasar si no la sigue una reactivación económica?

— Para poder crecer se necesita no tener factores de desestabilización como alta inflación o baja inversión. Aún cuando se cierre un acuerdo en marzo, la Argentina no va a empezar a crecer a partir de abril. En 2020 la economía argentina no va a crecer y creo que el gobierno espera lo mismo. Sabe que va a tener que tomar medidas muy difíciles en el primer semestre. Va a tener que hacer una reforma previsional y el estado no va a poder crecer al ritmo de la economía. Por más que no se diga la palabra ajuste, va a haber un impacto por la falta de inversión de parte del estado. El gobierno recibe una situación muy precaria y difícil, pero con buen equipo y diálogo, hay una salida.

— ¿Por qué fracasó la gestión económica de Macri?

— Es muy difícil hablar para atrás. El gobierno que se va cometió errores y también tuvo buenas intenciones. En mi humilde visión, hubiera tratado de hacer un acuerdo inicial con la oposición, no hubiera demorado tanto el proceso de ajuste y hubiera tomado las medidas al arranque del gobierno.

— En la Argentina se sigue discutiendo sobre cómo bajar la inflación. Muchos creen que las medidas monetarias no son suficientes.

— Estoy totalmente de acuerdo con que la receta estrictamente monetaria no alcanza para bajar la inflación. Tampoco digo que lo monetario no sea relevante, pero es una combinación de factores. Hace falta un acuerdo social para poder desinflacionar la economía, con los empresarios, los sindicatos. Hay que sentar a todos en una mesa y acordar esa desinflación hacia adelante. Siempre hay medidas drásticas, como dolarizar, convertibilidad, paridad con otras monedas. Pero es más razonable no aplicar esas ideas de última instancia. Hay que ir por lo ya probado.

— ¿Por qué cree que no se hace?

— El problema es la paciencia. La gente, lo vemos con lo que pasa en la región y en Europa, tiene cada vez menos paciencia. Hay que tener esa lectura política de cuánto está dispuesto a aguantar la población si la inflación va a ser del 35 o 40 por ciento.

— ¿Se puede reactivar la economía con este tipo de cambio?

— Sí, pero vuelvo a la falta de confianza en el Estado. Ese es el problema central de la Argentina. Si nadie le presta al Estado a 90 días, tampoco va a haber inversiones. Hay que generar confianza y recrear el país. En países de la región que hoy tienen gravísimas protestas sociales la desconfianza no es tan grande como en la Argentina. En Chile, con todo lo que pasó, la moneda casi no se devaluó.

— ¿Cómo queda el sistema financiero, con un nivel de crédito tan reducido, en este contexto?

— Tiene puntos positivos y negativos. Lo poco que se financia, es a través del sistema, por eso el gobierno lo va a necesitar para canalizar el ahorro hacia la inversión. Por otro lado, el sistema se va a seguir achicando. Hasta que la economía no se estabilice y reactive, no existe ningún motivo para que el sistema financiero crezca. Nosotros no somos un banco minorista, pero las entidades que sí lo son van a invertir mucho menos en sucursales y en tecnología porque ven que van a tener menos rentabilidad hacia adelante. Eso es malo.

— ¿Los bancos argentinos no le parecen rentables?

— En los últimos años, la rentabilidad llegó a los bancos por la vía de los instrumentos del Banco Central, como las Leliq. Pero los accionistas de los bancos han perdido mucho en términos del valor de sus activos. Uno de los grandes problemas mundiales es que los ricos son cada vez más ricos y la desigualdad es cada vez más amplia. En la Argentina, tanto los ricos como los pobres son cada vez más pobres. Hubo una destrucción de valor general en los últimos años. Los activos de los grandes empresarios argentinos valen mucho menos en comparación con empresas similares de cualquier país de la región.

— Con esta perspectiva, ¿por qué apostaron a la economía del conocimiento?

— Cuando se habla de la materia prima argentina siempre se piensa en el campo, la soja, la pampa. Y existe otra materia prima argentina que es el talento. Las empresas que lo vieron son las que han recreado valor en estos años en que la riqueza se ha destruido. Utilizan el talento argentino para producir algo vendible al extranjero, como Globant o Grupo ASSA. Pese a las crisis, a los vaivenes, hay un pool de talento que sigue existiendo, que no cambia. Hace 5 años empezamos con esto y desde entonces hemos contratado 2.200 personas, una por día. Y vamos a llegar hasta 2.700.

— ¿Este negocio se hace en paralelo a la gestión del banco?

— Si, hay otros 200 empleados para la gestión del banco. Los 2.200 que mencioné prestan servicios para ser exportados a JP Morgan de otros países, en especial Estados Unidos. Existe la percepción de que economías emergentes exportan siempre bajo valor agregado. En este caso ocurre exactamente lo contrario. Hay alto valor agregado profesional y generación de empleos que reemplazan a los de los países desarrollados.

— ¿Qué servicios prestan?

— La mitad son profesionales de tecnología. También estamos armando un pool de abogados para prestar servicios a Estados Unidos. Hay capacidad profesional para hacerlo. De los 2.000 abogados que JP Morgan tiene en el mundo el 8% va a estar trabajando en la Argentina.

— ¿Cómo compatibilizó ese proyecto con la legislación laboral actual?

— ¿Problemas? Ninguno. Soy un convencido de que no hace falta una reforma laboral. Lo importante es que cuando vaya a incorporar a una persona pueda hacer un cálculo y conocer las reglas de juego de entrada. Los 2.000 trabajadores que incorporamos pertenecen a la Bancaria y no tuvimos ningún conflicto con ellos. Lo hicimos aun cuando no se dedican a servicios financieros, no queríamos generar disparidades entre los empleados. La ley laboral no es un impedimento para seguir invirtiendo en la Argentina.

— ¿Y qué hace falta para que regrese la inversión?

— Vuelvo a lo mismo. Generar confianza es un requisito sine qua non. Para invertir hay que confiar en que el estado no te va a cambiar las reglas de juego continuamente y que vas a tener estabilidad y un sistema jurídico que funcione. Eso genera las condiciones para la inversión. Por ejemplo, en Vaca Muerta pesificaron los precios y eso generó un impacto hacia atrás en la cadena. Eso le pegó no solo a algunas grandes petroleras, sino a cientos de pymes que le dan servicios.

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