Nuestro querido lector-seguidor y también el que por primera vez descubre esta columna, sabrán bien que hemos festejado  Carnaval hace dos semanas, cerrando esta fiesta popular con el miércoles de ceniza y no sólo en Jujuy sino en diferentes ciudades del mundo.

 El Carnaval es una celebración que precede a la Cuaresma y por lo tanto tiene fecha movible. Como lo sabrá el lector, que desde niño percibe que esta celebración mundana tiene un gran matiz de permisividad y descontrol (por así llamar a los corsos, la alegría desenfrenada en los bailes y el alcohol que acompaña tales eventos).

 Esta celebración llegó a América desde España y Portugal, donde había sido llevada por los romanos con sus fiestas bacanales. En nuestra tierra amerindia se mezcló con las tradiciones prehispánicas (se puede ver claramente en el Carnaval de Oruro) o con las tradiciones africanas, como en Brasil.

 Esta fiesta popular cobra gran relieve e importancia en Europa, desde donde escribimos esta columna. Así, el Carnaval de Venecia con sus máscaras y disfraces antiguos en las góndolas es una celebración llena de misterio y encanto; el Carnaval de Colonia, ciudad desde donde se emite esta columna, tiene un sentido más bien grotesco e irónico, pues toma tono de burla contra la ocupación militar francesa y prusiana y el tinte típico es el militar (no nos sorprende); el Carnaval de algunas ciudades de Francia y Bélgica también es famoso y de España tomamos el Carnaval de Cádiz, donde comparsas de amigos cantan e inventan disfraces y canciones alegóricas en torno a un tema.

Así, en Jujuy no nos hemos sentidos aislados en esta celebración, pero cobra un color muy diferentes a los otros carnavales, donde la diversión y el desenfreno vienen acompanando a un momento de festejo anterior al tiempo de ayuno. Símbolo propio de Jujuy es la albahaca, que ninguna otra cultura la ha hecho propia para esta fiesta (aún). Quizás sea porque en verano y para los pueblos originarios el Carnaval representaba una fiesta ya existente, con otro nombre, claro, pero ligada a la agricultura, típica de los pueblos andinos y el pueblo guaraní, que vive en la zona del Ramal Jujeño y que celebra el Arete Guasu, una fiesta ya existente a la llegada de los europeos.

 Pero, qué tiene que ver el Carnaval con la música (antigua)?

 Pues, toda música que sonó ayer ya es antigua.

 En esta ocasión, hablaremos sobre el Carnaval de los animales (Le Carnaval des animaux), del compositor francés Camille Saint-Saens (1835-1921).

 De qué va la obra? Pues el compositor pone en música obras „prestadas“ de algunos compositores conocidos donde titula con nombres de animales. Se pensó esta obra como una obra cómica de carnaval y quizás el lector puede imaginarse a los animales que bailan o a los músicos disfrazados de animales que ejecutan este „Carnaval“.

 Es muy divertido escuchar esta obra e imaginarse los animales que la interpretan. Son catorce movimientos o partes,  así: la primera parte o marcha del león, la segunda parte se llama Gallinas y gallos y al escucharla podemos imaginarnos un gallinero con cacareos; la cuarte parte recordará al lector el famoso Can-can parisino de Offenbach pero se sorprenderá al escucharlo MUCHO más despacio y pausado: es que lo bailarán las lentas tortugas.  El acuario (nro. 7) evoca los movimientos de  las aguas, seguramente son los peces. Pero la octava parte, „Personajes de orejas largas“, los sonidos de los violines imitan a los burros, siendo la parte más cómica de la obra junto con el nro. 12 donde se escucha una famosa canción infantil y una parte de un aria de „El barbero de Sevilla“. Los estudiantes de piano se identificarán enseguida con el nro. 11, llamado „Pianistas“ y donde se escuchan escalas de estudio (los ejercicios de libro de piano de Hanon?).

 La parte más lírica y quizás más conocida de la obra es la penúltima parte: el cisne.

 Para el gran final, qué mejor que la alegría de los instrumentos, la brillantez de los pianos y de la armónica de cristal (un instrumento de percusión) y los violines que vuelven a evocar otra vez a esos personajes de orejas largas: los burros.

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