De regreso a Tilcara

A las cinco treinta, la Virgen de Copacabana del Abra de Punta Corral, acompañada de su réplica de Cuchillaco y precedida por setenta y ocho bandas de sikuris, emprendió su regreso a Tilcara. Doce horas después, las primeras bandas empezaban a escucharse en el centro del pueblo, aún espaciadas entre sí.

CELEBRACIÓN / EL PADRE ALDO OÑA PRESIDIÓ LA MISA TRAS LA LLEGADA DE LA VIRGEN.

Para llegar desde la plaza céntrica hasta la Usina y recibirla, hay que remontar la calle Rivadavia, donde las familias terminaban de armar los arcos floridos de la bienvenida. De los arcos, pendiendo, los productos de la tierra como ofrenda a la Mamita. El fuerte naranja de la virreina, las cruces con claveles más oscuros y gente en todas las veredas, esperándola.

DE PERICO / LA BANDA “NUESTRO SEÑOR DEL MILAGRO” ACOMPAÑÓ A LA VIRGEN.

Sobre la ribera del río Huasamayo, sikureros que descansaban sobre el muro de piedra a la espera de que les toque el relevo, y el redoble y los bombos que baten más fuerte, los peregrinos casi bailando como para demostrar que no fue tanto el esfuerzo. Los rostros hieráticos, con el acullico en el cachete, y los estandartes anunciando el origen y el año de fundación de cada banda.

En ese tramo se reciben las mejores noticias: la cantidad de bandas que subieron, la buenanueva de que no hubo mayores inconvenientes y el comentario de que este año al Niño no pudo calzarle la corona, como si la imagen hubiera crecido y, se sabe, el crecimiento de una imagen es una de las tradiciones milagrosas de nuestra tierra.

Misa en el altar de campaña

La voz grave del padre Aldo Oña anunciando que la Mamita estaba a la vista y alentando a sacar los pañuelos, vivarla y saludarla, mientras Carlos Cabrera, por momentos a capella, emocionaba a los presentes con los hermosos versos de Virgen de Punta Corral, esa pieza del doctor Torres Aparicio que ya es casi anónima, ya casi de todos como una plegaria. Pasadas las 19 se les quitó a las urnas, a la de Copacabana y a la de Cuchillaco, los cobertores que las protegieron del clima del camino y, ante la vista de todos, subieron al altar de campaña donde se ofició la primera misa. Desde entonces, nuevamente en alto sobre los hombros de los fieles, el ingreso a Tilcara, lento tras los sikuris, donde la aguardaba el batir del campanario cuando una luna enorme asomaba sobre el Cerro Negro, delineando la silueta de los cardones más altos.

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