La viejita

Hasta que llegó la viejita con su andar pausado, reclinada sobre el bastón, alzó los ojos hacia Pierro y sonrió de lado. Recordarán que estábamos conversando bajo el Churqui Histórico, y que el comisario andaba medio rengueando de cansancio, pero no de uno o dos días largos sino de toda una vida.

Capaz que no se acuerde, dijo la abuela como si amagara a irse, pero el comisario la tomó por la muñeca y le pidió que se quedara. La señora volvió a sonreír, pero esta vez me pareció que algo no andaba bien, y no sé si me distraje, pero ya estaba sentada junto a Pierro.

No soy de hablar con gente que no conozco, le dijo, así me educaron, y me sorprendió que Pierro la mirara ya como quien está viendo a una mujer joven y bonita. Y cuando las cosas empezaron a ponerse más íntimas, le toqué el brazo pero vi que no me hacía caso. Él tenía las manos de ella entre las suyas, y sus miradas se fundían como si fueran una pareja de mozos recién en pleno romance, pero al acercármele para exigirle una explicación de los hechos, vi en sus pupilas un reflejo que me asustó: allí no estaba la viejita que yo podía ver, arrugada por los años y con los cabellos blancos recogidos con un pañuelo, sino una muchacha inocente y hermosa que bajaba los párpados con pudor. Entonces fue que retrocedí, miré hacia la abuela y le pregunté sin más si era acaso el final que venía en busca de mi amigo. Y me daba cuenta que le estaba pasando casi lo mismo que al Tuerto del cuento que acaba de contarme.

 

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