El terremoto y tsunami que golpeó a Japón el 11 de marzo de 2011 con olas de más de 9 metros dejó una estela de destrucción y muerte en las comunidades costeras.

Otsuchi, un pequeño pueblo en el Norte de Japón, perdió todo, incluyendo a 2.000 de sus pobladores.

Uno de sus habitantes, Itaru Sasaki, estaba de duelo por la muerte de su primo antes de la llegada del tsunami. Para sobrellevar el dolor, decidió instalar una cabina telefónica en una ventosa colina a orillas del océano Pacífico.

Entrar a esa cabina blanca y discar el teléfono de su primo en un antiguo teléfono negro desconectado, le hacía sentir que podía hablar y ser escuchado.

Según Sasaki, allí, las palabras eran arrastradas por el viento.

Tras el devastador tsunami, la fama del "teléfono del viento" creció y el lugar se convirtió en un centro de peregrinaje para aquellos que perdieron seres queridos.