Los monos con escopeta

Para dar una idea de los peligros que puede acarrear darle poder a un irresponsable, o lo que es peor, a un delincuente, se suele recurrir al dicho popular "más peligroso que mono con escopeta".

El primate, animalito de Dios, se vuelve peligroso desde su torpeza o su inocencia, y quizás dispare el arma como un juego. Pero están los otros, los que cargan la escopeta y disparan a sabiendas del daño que causan, y ejercitan ese poder, ocultos en las sombras, en el anonimato. Aunque parezca extraño, ése es uno de los males que siempre enfrentó el periodismo, y que hoy, con la aparición de las redes sociales mal utilizadas, se vio llevado a su máxima expresión.

El periodismo, es poder. Le dicen el cuarto poder. Y en los tiempos en que la ciudadanía descree de la Justicia, reniega de los legisladores y sospecha de los funcionarios, el periodismo pasa a ocupar un lugar más alto entre los cuatro que garantizan la vida del sistema democrático. Eso no es bueno. La gente comienza a refugiarse en los medios, para hacerse oír, plantear reclamos, para presentar denuncias, para dar a conocer proyectos, o simplemente para ganar protagonismo con fines a veces lícitos a veces inconfesables. El tema es que el periodista, protagonista sine qua non del proceso de la comunicación, a veces, también termina creyéndosela y ahí el hecho natural del periodismo vuela a los quintos infiernos. De todos modos, el periodista -y su medio- siempre estarán para asumir las responsabilidades y los costos.

Pero hay otra amenaza nueva y mucho más peligrosa. Los monos con escopeta de la comunicación de este tiempo, se llaman trolls, operadores de focus groups, creadores de fake news, etc. y son los encargados de remontar la escopeta, apuntar cuidadosamente y disparar. El caso es que desde cuentas de twiter, facebook, instagram y cuánta otra red social les sirva de aguantadero, y de manera anónima, se dedican especialmente en tiempos políticos, a difundir agravios, ataques arteros, a divulgar supuestos entuertos de los elegidos para golpear y pretenden erigirse en modernos gladiadores de una cruzada capaz de encontrar muertos en los placares de sus víctimas, aunque no los haya habido nunca. Total, la viralización, el comentario, la divulgación, ya estarán hechos, y el perjudicado, quedará manchado para siempre debatiéndose en la duda entre quedarse callado y hacer como que no lo alcanzan los disparos, o salir a aclarar, con el riesgo de darle entidad a las denuncias o noticias falsas, y enterar con su aclaración a todos los que todavía no se habían enterado. El mono, ese mono deleznable, sin rostro, sin forma, sin responsabilidad, ya cumplió su cometido. Disparó la escopeta.

Hay algo todavía más grave. Esos monos con escopeta, no tienen detrás de sí, el sostén y la responsabilidad de un medio periodístico, que asigne seriedad jurídica y profesional a los dichos y que asuma los riesgos de difundir información y opinión. Simplemente son francotiradores de la noticia y el comentario, y aunque jamás serán capaces de transmitir sus dichos desde una cuenta real, o poner su firma en lo que afirman, es mucha la gente en una sociedad todavía aldeana en muchos sentidos y demasiado proclive a prestar oídos a esos ruidos de cloaca que termina creyendo lo que dicen. Si falta algo más, muchos de esos traficantes de información, están convencidos de que son periodistas.

El periodista pone la cara. No juega a las escondidas. Está dispuesto a aceptar la crítica o el elogio. Y cada día vuelve a las calles con los ojos curiosos y el alma ansiosa, a luchar con la noticias. A todos ésos, hoy, Feliz Día del Periodista. A los monos con escopeta, sólo el profundo desprecio.

 

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