Un tren sin locomotora, otro la trae atrás

La transición es la moda. El oficialismo camina por la transición que lo lleve desde el desastre del 11-A hasta el milagro de repetir la hazaña del 2015. En esa ruta de poco más de dos meses, apura medidas inconsultas, improvisa anuncios que las buenas intenciones no los convierten en exitosos. Más bien, todo lo contrario. Macri y su alter ego Marcos Peña dan instrucciones a la tropa propia y a sus asociados, aún sin tener en claro qué tipo de objetivo y de proyectos tienen para ofrecer en medio del tembladeral, a un electorado esquivo y desilusionado.

Desde el cristinismo hablan de transición, como si ya hubiesen ganado la elección y se estuvieran preparando para ocupar el poder, llenando todos los despachos y los cargos que el botín político ofrece al que se alza con la presidencia. Alberto Fernández, con una Cristina Elisabet Fernández de Kirchner estratégicamente corrida del centro de la escena, aprovecha para tratar de instalar una imagen de líder sereno y suficiente que será el dueño de las decisiones futuras. Mientras los exultantes referentes del mundo K, siguiendo las instrucciones de CEFK, lidian con la mordaza que les colocó la expresidente, buscando evitar que la verborragia exitista y las ansias incontenibles de refregar el "volveremos" en la cara del país, les sople una victoria que sienten segura.

En la transición, el macrismo se despojó de Nicolás Duvojne y entregó el cargo a Hernán Lacunza que llega condicionado por las decisiones que ya estaban instaladas y apretado contra el límite de unas elecciones generales que no le dan margen más que para buenas intenciones. El cristinismo, por boca de su candidato, comenzó a asegurar que honrará las deudas, que cumplirá los compromisos contraídos por el país. Mientras tanto sigue barriendo bajo la alfombra la sombra de la corrupción que lo anatematiza, ayudado ahora por novedosas actitudes de una Justicia que comenzó a demostrar que puede llegar a batir los récords de servilismo con el Poder que ya la hicieron famosa. Grave: al macrismo aunque tome decisiones buenas ninguna le sale del todo bien. Al cristinismo aunque haga anuncios contemporizadores y moderados, cuesta horrores creerle que su propio ADN le permitirá hacerlos realidad. Y la gente, está parada en una estación esperando la llegada de dos trenes extraños: de un lado, viene un convoy que pareciera no tener locomotora visible que lo arrastre; del otro lado, viene un convoy que curiosamente tiene la locomotora detrás del primer vagón. Se suba al que se suba el país, el recorrido y el destino son un albur que se sostendrá solamente en la esperanza, los buenos deseos, las convicciones o el fanatismo. En Jujuy, la transición siempre con sus características especiales, también pega fuerte.

El gobernador Gerardo Morales enfrenta la crisis económica sin margen para correcciones o anuncios tranquilizadores. El tren de la Quebrada, la nueva matriz productiva, los proyectos de Cauchari y el litio, aunque trascendentes e importantes, hoy suenan lejanos y vacíos. Sólo "la paz conseguida" mantiene su vigencia en Jujuy y sobre ella pivotea su discurso. Ya está claro que más que castigar a los radicales jujeños, al GM, a Jorge Rizzotti y Natalia Sarapura, el voto fue un tsunami nacional con dos motores: uno el cristinismo resucitado y otro el castigo al macrismo, que se asentó en Jujuy como en Argentina. Por eso ahora el GM debe enfrentar una campaña con ideas novedosas y diferentes. Y a pesar de que sigue sosteniendo que Mauricio Macri es lo mejor que le puede pasar a los jujeños, enfrenta el dilema de tener que esconder a Macri para contener la bronca popular y la consiguiente sangría de votos. Esta estrategia es la que precisamente hablaron los caciques radicales (GM, Cano, Negri, Valdez, Cornejo) la semana pasada en Buenos Aires, donde además hicieron estallar una exigencia concreta: desconocerán las presiones y las instrucciones de Marcos Peña para la campaña en sus provincias. Como el jefe de Gabinete "es el mismo Macri" se volverá muy complicado provincializar el esfuerzo electoral.

El peronismo jujeño disfruta los dos últimos hitos conseguidos: la excelente elección provincial, y el resonante triunfo en las Paso. Ambos, conseguidos casi a pesar de ellos mismos. Aquel tsunami los ayudó, y el Frente político conformado trabajosamente puede enfrentar el futuro con optimismo, si antes no lo dinamitan sus mismos integrantes. Pero sigue la sorda presión de los camporistas y los massistas por imponer la lista completa de candidatos a diputados que encabeza Carolina Moisés desplace a todos los demás. Si bien moderaron la discusión pública, off the record ahora aseguran que esperarán con paciencia el 7 de septiembre, día que el cronograma electoral fijó para que los juzgados federales electorales registren y oficialicen las listas de candidatos consagrados en las Paso, y se constituyan las juntas electorales nacionales. Ese día, volverían a presentar un recurso legal para voltear el D‘Hont y lograr el objetivo de borrar a los no disciplinados. El antecedente del Chaco, donde la presión del cristinismo hizo bajar de su candidatura al mismísimo gobernador Domingo Peppo, para dejar el campo libre al ultra-k Coqui Capitanich, le llenó los oídos de música celestial. De prosperar, la victoria judicial los dejaría solos en carrera pero quizás les restaría varios miles de votos, como castigo a una soberbia de tiro corto. Paralelamente, muchos dirigentes jujeños ebrios de alegría y ansiedad, ya se prueban los trajes para asumir en decenas de cargos nacionales disponibles en la provincia como Anses, Senasa, Vialidad Nacional, Conicet, Inadi, Inai, Inti, Inta, Migraciones, Pami, Enacom, Anmat, Anac, y tantos otros, que los funcionarios de Cambiemos deberán abandonar si pierden el Gobierno nacional. Todos lo negarán, pero casi todos ya han corrido a buscar el contacto en Buenos Aires que les apadrine el desembarco en esos despachos.

En medio de la ebullición, la crisis económica y social, transcurre en un distante segundo plano para todos. Los justicialistas no dejan de hacer gestiones para que Cristina Elisabet Fernández llegue a Jujuy el 20 de septiembre, aunque sea un ratito, ya que ese día estará en el Centro de Convenciones del gobierno de Salta, presentando "Sinceramente". Hay muchas razones para que la senadora y candidata no quiera llegar a Jujuy, pero seguirán intentando sabiendo cuán difícil es cambiar las decisiones de la señora. El oficialismo enfrenta en la gestión una semana complicada con los gremios estatales, agraviados por la oferta del 10% de aumento salarial, dividida en dos tramos de 4% y 6%. Juega con un decreto de contención de gastos que -de aplicarse a rajatabla- generará una hecatombe. Y en la política, enfrenta una campaña que le costará demasiado equilibrar, donde además ya se empezó a hablar de que la coalición gobernante tiene un futuro incierto.

Como dijimos, los dos trenes corren acelerando a máxima velocidad. Y objetivamente, aunque desde ambos cuarteles aseguran ser diametralmente opuestos entre sí, en fondo cada día muestran similitudes indisimulables, algunas por convencimiento, otras por obligación. Para definirlo desde fuera de la política, es oportuna la frase de Jorge Luis Borges: "Hay que tener cuidado al elegir los enemigos, porque uno termina pareciéndose a ellos".

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