Laberintos Humanos: No me dejes caer

Aurelia Cintitas le contaba a Blanca de su romance con John Lennon. Por la mañana, dijo, me llamó para que lo fuera a ver al aeropuerto y lo hice. Me esperaba en un cuarto solo, parecía estar tan nervioso como yo. Me pidió que lo acompañara en lo que restaba de esa gira por los Estados Unidos, a la que había ido por orden de mi patrona para acompañar a su hija.

Me dijo que al llegar a Londres le pediría el divorcio a su mujer, que seríamos felices para siempre, que así como tenía el don de relatar sus canciones de tal modo que pareciera estarlas escuchando, lo ayudaría a componer las nuevas. Que acaso dejara a los Beatles y armáramos un dúo. Yo bajé los ojos. Esa propuesta me cambiaba la vida, mi futuro se convertía, sin siquiera quererlo, en un destino maravilloso que ni siquiera había soñado. No creí que me estuviera mintiendo, sé que no lo hacía. Sabía que cumpliría sus promesas una por una, pero hubo otra cosa que me detuvo.

Recordé que le había prometido a mi patrona que acompañaría a su hija, Luisa, hasta que regresáramos a Tucumán, y creí que debía cumplir con mi palabra. Acaso después, le dije, pero ambos sabíamos que no era cierto, que no había después sino ahora. Así eran esos años y, sobre todo, así lo eran en ese ambiente. Me besó los labios, me miró a los ojos y se fue. Creo que el ruido que escuché fue el del avión en el que se alejaba, y un hombre me vino a buscar diciéndome que tenía la orden de John Lennon de dejarme en la casa donde me alojaba. No lloré entonces sino al querer dormir

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