Laberintos Humanos: Ayer

No le confesé a Luisa lo que John Lennon me propuso. No tenía coraje para decir que lo había rechazado para cumplir con la promesa que le hice a su madre, mi patrona, de acompañarla hasta que estuviera de regreso, le dijo Aurelia y Blanca la escuchaba.

No decía nada, la miraba y Aurelia le volvió a contar que Lennon le había pedido que se fuera con él, que vivieran juntos, que lo ayudara con sus futuras canciones, pero le dijo que no y entonces subieron el avión y, al fin, llegaron en tren a Tucumán. Ya de regreso, Luisa no le pidió que le relatara las canciones de los Beatles para que fuera como si las escuchara. Con los años, dijo Aurelia, las cosas siguieron su curso. Nunca me arrepentí de mi decisión, era algo demasiado extraño todo lo vivido como para tomarlo por cierto. Luisa fue, al poco tiempo, una de las primeras hippies que tuvo la ciudad de San Miguel, voló al fin de la casa de sus padres y no supe qué fue de ella.

No la acompañé en esa aventura, no era un camino para andar con la mucama, y entonces dejé de trabajar con mis patrones y me volví a Catamarca, donde alguna vez leí que finalmente Lennon se había divorciado y ahora vivía con una japonesa, con quien componía sus nuevas canciones tal como me lo había prometido a mí. Pensé que, de haber aceptado su propuesta, los titulares habrían dicho que el beatle eligió a una indiecita sudamericana para que fuera su esposa, y comprendí que en el fondo Juancito quería que una mujer exótica lo rescatara. Pude haber sido yo, dijo Aurelia, pero no lo fui.

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