Laberintos Humanos: Los recuerdos

Aurelia bajó la vista como si ya sus recuerdos se hubieran esfumado, luego la miró a Blanca y le escuchó decir que hay veces en las que nos equivocamos. ¿Usted cree?, le preguntó tomándole la mano fuerte y sonrió. No es poca cosa haber tenido un romance con John Lennon, agregó.

Media humanidad lo tuvo, dijo Blanca y luego agregó que para cada una fue algo diferente. Una termina por perdonarse en los recuerdos, opinó Aurelia como si tratara de lo mismo. Capaz que piense que con lo vivido alcanzaba, se acuse que de vivirlo más lo hubiera arruinado o sospeche que no valía la pena. Todas son excusas al fin de cuentas, dijo poniéndose de pie para caminar por el lecho del río. La playa, seca a esa hora del año, entretejía una red de arroyos no mayores que acequias pero cantarinas como avecilla al amanecer. Si una cierra los ojos, le dijo entonces Aurelia a Blanca, puede imaginar cantidad de cosas distintas.

Una puede creer que está en el medio de un campo sembrado que recorre el agua dirigida por la mano del campesino, o pensarse junto a una corriente que se cuela entre piedras porque, si aguza el oído, el agua empieza a sonar más y más fuerte. Si atiende a lo lejos, a esos ladridos por ejemplo, el agua pareciera caer en una boca que la bebe, enmudeciéndola. Pero si le presta más atención, le dijo Aurelia, quien sabe si no se imagina estar en una playa frente al mar. Lo único cierto, concluyó, es que al abrir los ojos está ese sol que cae plateando los arroyos, las piedras color claro, los cerros al fondo.

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