Cerrar los ojos

Aurelia le había propuesto a Blanca cerrar los ojos para descubrir la cantidad de sensaciones que producía en su alma el sonido del río a esa altura del año, cuando apenas son arroyos cantarines que se esfuerzan por viajar hacia el sur. Pero todo aquello no son más que ilusiones, dijo al volver a mirar ese paisaje en el que el sol plateaba el lomo del agua, la tierra era clara y los cerros bellos.

Esa es la única verdad, agregó, pero nos dura muy poco porque casi instantáneamente volvemos a armar con ella aquello que tememos o deseamos, le dijo y Blanca estaba fascinada con sus palabras tanto como con el relato que concluyera hacía poco, el de su romance con John Lennon. ¿Y en qué momento se ve la realidad?, le preguntó la mujer del comisario a la novia de Bautisto Solón. Aurelia pudo haberle respondido, lo que no sería más que dejar de mirar la hermosura del entorno, cuando los ladridos se sintieron más fuertes. Era una jauría que bajaba del lado de

Cerro Chico en dirección de ambas mujeres, todos perros de gran porte y colores oscuros que les mostraban sus fauces amenazantes. A la vanguardia de ellos, como si fuera su caudillo, corría uno de tamaño mediano y que a la vez era el de pelaje más claro. En sus ojos oscuros se reflejaba el espejo rojizo de la luz del día sobre su carácter sanguíneo, y tras sus rastros habría cuatro o cinco más, todos horrorosos en conjunto. Blanca alzó una piedra del suelo para defenderse, Aurelia dio un paso hacia atrás como para hacer pie y, de alguna manera, resistirlos.

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