La jauría bajaba de Cerro Chico en dirección de Aurelia y Blanca. La mujer del comisario alzó una piedra del suelo para defenderse, la novia de Solón dio un paso hacia atrás para quedar bien parada ante la envestida mientras los perros se acercaban encabezados por aquel mediano, de cabellos más claros y mirar sanguíneo.

Tras el caudillo ladraban furiosos cuatro o cinco de pelajes más oscuros, encrespados y morrudos que se detuvieron a algunos metros mostrando sus fauces feroces. El sol caía sobre sus pelos sucios de tierra y estiércol cuando el cabecilla se alzó sobre sus patas traseras para mirarlas a los ojos.

Mientras el resto las rodeaba como para que no tuvieran salida, el jefe les dijo que no buscaban dañarlas. Lejos de nosotros está el querer dañar sus delicadas prendas con nuestros dientes, aclaró mostrándolos para dejar en claro que era una amenaza. Si nos acompañan, no les va a pasar nada, dijo.

Ustedes nos están raptando, le respondió Blanca con la voz atorada por la bronca y el miedo. Aurelia la buscó con la mirada porque no terminaba de entender que su amiga estuviera conversando con un perro, y el animal reflexionó, bajando el tono de su voz, que los humanos siempre con eso de querer ponerle nombre a las cosas que suceden.

Fíjese, le dijo con cierto tono pedagógico, que si les pido que nos acompañen suena menos terrible que hablar de un secuestro, pero si usted prefiere llamarlo así es asunto suyo, agregó volviéndose hacia el norte y bajando las patas delanteras para volver a su cuadrupidez.

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