"Impacto profundo".

La sonda Osiris Rex de la Nasa desciende a diez centímetros por segundo sobre el asteroide Bennu, nadie la dirige desde la Tierra porque es imposible, lo hace por sí misma mediante el uso de sensores laser y retropropulsores.

La roca espacial es la segunda más peligrosa ya que podría impactar con nuestro planeta en el próximo siglo. Tiene el largo de cinco cuadras y caminarla sería como ir desde la 19 de Abril hasta la Fascio. Tiene la forma de un trompo pero es muy irregular porque está hecha de un conjunto de rocas, algunas del tamaño de un edificio de dos pisos.

Pareciera que está suspendida en el espacio tan oscuro como infinito, sin embargo, viaja a más 101 mil kilómetros por hora y rota sobre su eje en cuatro horas.

A Osiris Rex le llevó dos años aproximarse a Bennu y dos más para orbitarlo y estudiar su geografía.

Este miércoles, a eso de las cinco de la tarde, realizó la maniobra más esperada: se acercó a la superficie, extendió su brazo y recogió polvo y pequeñas piedras de no más de dos centímetros de diámetro. El brazo tiene en su extremo un recipiente redondo, como un viejo radiador de auto. El artefacto lanzó un chorro de gas como un soplido y todo lo que se levantó fue a parar en su interior. Esperan que la muestra en el peor de los casos sea de 60 gramos y podría llegar hasta dos kilos.

Y así como bajó, la sonda -que de lejos parece un abejorro metálico con sus alas desplegadas- se alejó para seguir orbitando el asteroide hasta que los científicos comprueben desde la Tierra si la muestra pudo ser recogida. Si fracasó, hará un nuevo intento el próximo 1 de enero.

Si todo está bien, emprenderá el regreso para llegar en 2023 y caer sobre alguna parte del desierto de Arizona.

Las generaciones futuras de científicos deberán estudiar la muestra por tres razones: primero para ver cómo destruir el asteroide si es que amenaza la seguridad de la Humanidad; aprender más sobre el origen del universo y también para futuros emprendimientos de minería espacial. Otra cosa es cierta: la órbita de Bennu, que cada tanto se aproxima tanto a la Tierra como a Venus y Marte, está cambiando por un efecto físico de la luz solar, y eso hace preocupar a los hombres de la ciencia y tecnología espacial.

Nadie quiere un "Impacto profundo". Por suerte, los avances de la investigación casi están a la par de la ciencia ficción y no sería de extrañar que en cien años despegue una misión tripulada para hacer estallar a Bennu.

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